Artículo
Publicado en el Periódico Domine Cultural Nº 20
Investigación musicológica
y creación musical contemporánea: posibilidades de retroalimentación.
1ra Parte
por Miguel Álvarez Fernández
Universidad de Oviedo
Este congreso ha reunido en esta sesión varias
comunicaciones dedicadas al estudio, desde diferentes perspectivas,
de músicas creadas en las últimas décadas. Con
seguridad, todas estas ponencias presentarán algunos rasgos comunes,
directamente relacionados con el tema central que aquí trataremos.
También existen semejanzas, por supuesto, entre las diferentes
aproximaciones al estudio de la música romántica, o al
del canto gregoriano. Pero interesa concentrarse ahora en una característica
consustancial a toda investigación musicológica dedicada
a la creación musical estrictamente contemporánea, y que,
por definición, resulta privativa de este ámbito de estudio.
Se trata de la coincidencia en el plano temporal, es decir, la simultaneidad,
entre la creación musical estudiada y la propia actividad musicológica.
Sabemos que el trabajo de eminentes musicólogos ha servido, y
así seguirá siendo, para redefinir nuestra visión
sobre un determinado objeto de estudio (sea éste un periodo histórico,
un género musical, un músico en particular, etc.). Esa
tarea, o más bien aspiración, también es compartida
por la investigación musical que explora la contemporaneidad.
Pero, a diferencia de la musicología que se enfoca hacia momentos
históricos más lejanos, la que se centra en el presente
ofrece un atractivo peculiar: la posibilidad de interferir en el propio
objeto de estudio, modificando la realidad analizada.
Utilizando un símil extraído del ámbito de las
ciencias (algo, por otra parte, tan característico en la composición
musical que se denomina contemporánea), lo que aquí comentamos
recuerda al principio de indeterminación, también llamado
de incertidumbre, fundamental para la mecánica cuántica.
Entre las primeras consecuencias de este hallazgo de Heisenberg encontramos
que la observación de un fenómeno puede alterar el fenómeno
mismo.1 Si, por ejemplo, quisiéramos observar con un microscopio
imaginario un electrón en movimiento, su órbita se vería
perturbada por la luz utilizada en nuestra observación. Retornando
a la musicología, surge la duda: la observación, el estudio
de una realidad musical viva, ¿modifica la realidad observada?
Si admitimos esta posibilidad, estaremos reconociendo al musicólogo
la capacidad de interferir en el desarrollo futuro de la música
que estudia. Ahora bien, esta capacidad, exclusiva de la musicología
enfocada hacia el presente, sólo se actualizará si y cuando
nuestro microscopio imaginario apunte correctamente al objetivo deseado,
y su luz llegue a alcanzarlo.
La conciencia de que el trabajo del musicólogo puede afectar,
interferir en el trabajo del compositor o intérprete de música
contemporánea, generando ecos y respuestas en la evolución
creativa de los creadores, tiene también su cotejo desde el punto
de vista de estos autores. ¿Qué puede encontrar, por su
parte, un compositor o intérprete en la labor del musicólogo?
La respuesta más inmediata: un análisis de su trabajo.
Y, siendo todo análisis una interpretación, si ésta
resulta coherente desprenderá, tácita o expresamente,
una valoración. Pero las implicaciones de la labor musicológica
no terminan aquí. Esa valoración obedecerá a determinados
principios
1 En realidad es una consecuencia de la interpretación subjetivista
del principio, tal como la defendieron Einstein, Schrödinger o
Planck, en contra de la interpretación probabilista o “de
Copenhague”,sostenida principalmente por Bohr y Heisenberg.
estéticos o técnicos, que pueden estar integrados
en un sistema más complejo. En fin, el compositor o intérprete,
cuyo trabajo obedece también a unos principios estético-técnicos
quizá derivados de un sistema, ve confrontados sus planteamientos
con los del musicólogo. Una dialéctica crítica
entre ambos sistemas, pensamos, es necesaria para el desarrollo coherente
del pensamiento musical compositivo, interpretativo y musicológico.
2 Ramón Barce señala todos estos elementos en “Crítica
y musicología”, en Musicología y Música Contemporánea.
Actas del Encuentro. Madrid, 2003, pp. 117-121.
Se puede objetar, ante el razonamiento anterior, que la
función valorativa del hecho musical, como resultado de su confrontación
con un sistema de valores preestablecido, es una ocupación propia
de la crítica musical, y por tanto ajena al trabajo estrictamente
musicológico. Además, y hablando de la crítica,
también podría argüirse que ésta siempre ha
desempeñado y sigue desempeñando su función con
simultaneidad a la creación musical, precisamente lo que antes
habíamos reservado a la musicología dedicada al estudio
del periodo contemporáneo.
Respecto a esto último, es cierto que la crítica musical,
durante toda su historia, siempre se ha desarrollado sincrónicamente
a la música que criticaba. Además, por sus características,
la crítica ha provocado cambios trascendentales en la evolución
de la música. Pero esas mismas características le impiden
desarrollar plenamente la función que atribuimos a la musicología.
La crítica musical es víctima de numerosas limitaciones:
temporales (sus dictámenes no suelen estar demasiado meditados),
de extensión (lo que llega a provocar cortes y otras mutilaciones),
o de estilo (siempre condicionado por el público receptor del
mensaje), por no hablar de las presiones comerciales de toda índole
que afectan al trabajo del crítico musical.2 La musicología,
sin ser del todo ajena a estos condicionantes, sí puede y debe
aspirar a trascenderlos, para poder presentarse como verdadera ciencia.
Hablaremos entonces de una musicología crítica, aunque
la expresión nos parezca algo redundante.
Se ha señalado ya la necesidad de una confrontación entre
la perspectiva musicológica y la actividad musical por ella estudiada.
Pero para que pueda establecerse alguna dialéctica entre estos
sistemas de pensamiento, junto a los elementos diferenciadores, característicos
de cada sistema, deben existir algunos comunes, que al menos nos permitan
comprender que el musicólogo, el compositor, el intérprete
o cualquier otro participante en la discusión se refieren a una
misma cosa. Existiendo esos presupuestos comunes, básicos, la
comunicación puede tener lugar. Sin embargo, es posible que no
exista acuerdo ni siquiera en los fundamentos. En ocasiones, incluso
el concepto mismo de “música”, tal como lo entienden
determinados autores, impide la posibilidad de establecer un diálogo
con un compositor o intérprete vinculado a nuestro tiempo.
Mencionamos todo esto porque a menudo detectamos en el trabajo de algunos
musicólogos planteamientos que poco o nada tienen que ver con
el pensamiento musical actual, al menos tal y como éste se concibe
hoy en la tradición de Occidente. Y resulta muy difícil
establecer un diálogo como el que se ha propuesto desde unas
coordenadas mentales tan lejanas a las reflexiones de los compositores
e intérpretes dedicados a la creación musical de nuestro
tiempo, es decir, de quienes han seguido el desarrollo de nuestra tradición
musical hasta la actualidad y pretenden continuarlo.
Para subrayar la actualidad de estas disfunciones en el panorama musicológico
español, analizaremos un artículo de la Revista de la
Sociedad Española de
3 Vierge, Marcos Andrés: "Sonido, forma, belleza"
Revista de Musicología, XXV, 1 (2002), 237-249.
4 Op. cit. p. 242.
5 Op. cit. p. 244.
6 Op. cit. p. 240.
7 Op. cit. p.243.
8 Op. cit. p. 246.
Musicología.3 Aparece en el último número
publicado en el momento de escribir estas líneas. Lo firma Marcos
Andrés Vierge, y se titula nada menos que Sonido, forma y belleza.
Como se nos informa desde el resumen, este artículo “reflexiona
sobre la relación entre los conceptos de sonido, forma y belleza,
desde el punto de vista de la expresión musical occidental”.
No nos centraremos aquí en algunas imprecisiones contenidas en
el texto, que le restan cierto valor científico a la argumentación
general. Por ejemplo, cuando se afirma que “Muchos experimentos
estadísticos han demostrado que espontáneamente se prefieren
las medidas que se derivan de la sección áurea a muchas
otras ordenaciones, lo cual indica que la tendencia natural de muchos
artistas es acercarse a ella de forma más o menos inconsciente”.4
O que “Schenker halló la base estructural de mucha música,
especialmente de la ubicada en el sistema tonal, donde la armonía
juega un papel importante”.5 Interesa más analizar otros
comentarios, de orden estético, que traslucen una visión
del sonido, la forma y la belleza bastante alejada del pensamiento musical
actual. Así, por ejemplo, leemos que
“en la cultura occidental, la selección de sonidos para
expresarse musicalmente se orientó efectivamente hacia los tonos
complejos, dejando como elementos subsidiarios los productores de ruido.
Aunque es cierto que estos últimos experimentaron en algunas
estéticas del siglo XX un gran protagonismo, también lo
es que aquéllas tuvieron y aún tienen una gran dificultad
para quedar vinculadas a un concepto de belleza sonora”.6
La referencia a “algunas estéticas del siglo XX”,
como algo ya pretérito, o las presuntas dificultades actuales
para asociar el concepto de ruido y el de belleza sonora sólo
anticipan una visión que, más adelante, se nos ofrece
como verdad incuestionable:
“El universo oscila entre el orden y el caos pero el ser humano
ha escogido los perceptos (sic) de forma regular de entre los inmensamente
más frecuentes e irregulares que le ofrece la naturaleza”.7
Esta idea, que desde el subjetivismo con el que se nos presenta resulta
irrefutable en términos lógicos, y que se conecta con
un concepto de belleza ajeno a toda “irregularidad”, poco
ayuda a comprender las principales tendencias en la creación
musical de las últimas décadas, ni tampoco las líneas
que han orientado el pensamiento, en general, durante los últimos
siglos de la historia de Occidente. Las consecuencias estrictamente
musicales de un modelo como el que se ha mostrado no nos sorprenden.
El autor no tarda en defender la pervivencia de la tonalidad, y la crítica
tampoco se hace esperar:
“la música occidental fue desarrollando un sistema organizado
y jerarquizado que cuajó perfectamente con un ideal de belleza
sonora que hoy por hoy mantiene su vigencia”.8
9 Op. cit. p. 247.
10 Op. cit. p. 247.
11 Op. cit. pp. 247 y 248.
12 Op. cit. p. 248.
“Sin embargo, en algunos creadores del siglo XX
pareciera como si la exigencia de rebeldía impusiera también
el abandono de la sistematización en la creación de la
obra de arte, valorando más la improvisación e incluso
el propio acto de crear que el objeto resultante”.9
Afortunadamente, el musicólogo nos tranquiliza respecto a tales
desvaríos, y la redención le llega incluso a Cage:
“Pero contempladas aquellas obras con la suficiente calma que
nos da la fecha actual, se puede decir que en muchos casos, aparentemente
caóticos, se observa un control artesanal que parece ineludiblemente
vinculado al concepto de artista”.10
“Cage, libertario y rompedor con el sistema musical tradicional
[...,] un anarquista que por encima de todo rechazaba el sistema.
Sin embargo, parece que la mente humana precisa del orden y la claridad.
La etnología y la psicología han probado sobradamente
que el arte, la ciencia y la religión son inseparables en su
origen, que comparten su significado primordial de medios, de interpretación
del mundo exterior y de expresión de la experiencia humana, y
que han sido los vehículos para la formación del pensamiento”.11
Si se ha demostrado que el arte, la ciencia y la religión son
inseparables en su origen, parece necesario recordar que ya estamos
muy lejos de ese origen. Y que, si pretendemos hacer musicología,
es decir, una ciencia referida a un arte, tendremos que evitar mezclar
ambas cosas, y más aún confundirlas con la religión.
Pues en ello incurre Marcos Andrés Vierge hacia el final de su
artículo:
“Y al igual que el ateísmo floreció en el siglo
XX, aunque con claros antecedentes en el siglo XIX, el arte se alejó
de la belleza y entró en las tinieblas de nuestros pensamientos
y temores de manera casi sistematizada, cayendo un bastión fundamental
para aliviar nuestra existencia, para alcanzar la felicidad, aunque
sólo fuera por un instante. Ello constituye uno de los hitos
de la llamada modernidad. Pero, en todo caso, no hay que reprochar nada
a nadie porque el arte, al igual que la vida, contacta con toda la escala
de variedad de la experiencia humana”.12
Desde un concepto de “música” tan limitado como el
que acabamos de examinar, el proyecto de establecer un diálogo
fructífero con un músico actual pierde todo su sentido.
Principalmente, porque la voluntad de atrapar este arte en márgenes
tan estrechos se opone radicalmente al desarrollo del pensamiento musical,
tal y como se ha manifestado en Occidente. Este desarrollo podría
describirse como una progresiva expansión del concepto de música,
de forma paralela al desarrollo de las demás manifestaciones
artísticas de nuestro entorno cultural.
La ampliación progresiva de los dominios de la música
y las artes en general, en directa oposición a una concepción
monolítica de los mismos, presenta una enorme trascendencia a
los efectos de la investigación musicológica actual. La
mentalidad del musicólogo debe abrirse tanto, al menos, como
la del compositor de hoy. Si nos hemos detenido en analizar las limitaciones
que implica una visión reduccionista del fenómeno musical
es porque ahí radica una de las principales dificultades metodológicas
de cualquier investigación enfocada hacia la creación
musical contemporánea, y una barrera a toda propuesta de intercambio
con otros músicos. Quizá el ejemplo escogido resulte un
caso límite, pero sirve para fijar un paradigma todavía
vigente (al menos lo suficiente como para tener cabida en la principal
revista científica de la musicología española).
Una visión que contrasta con el optimista cierre de un texto
del profesor Ángel Medina, muy cercano (e inspirador) de estas
páginas. En Musicología y creación actual, leemos:
“las manos están tendidas entre los escasos musicólogos
que se preocupan por el presente y los compositores”.13 En el
coloquio posterior a la presentación de la ponencia que acabamos
de citar ya se habló de “la conveniencia de una formación
y sensibilidad interdisciplinar en el musicólogo ante los retos
de las actuales manifestaciones”.14 Encontramos aquí, en
esa “formación y sensibilidad interdisciplinar”,
nuevos elementos necesarios para que cualquier retroalimentación
entre creación y musicología pueda tener lugar, y que
merecen ser tratados con cierto detenimiento.
13 Musicología y creación actual”,
en Musicología y Música Contemporánea. Actas del
Encuentro. Madrid, 2003, pp. 28-29.
14 Op. cit. p. 157.
CONTINUARÁ…
"El presente texto fue presentado en el I Congreso
de Doctorandos de Musicología del Estado Español, celebrado
en Valencia (España)".
http://www.miguelalvarez.es.tt/