Artículo
Publicado en el Periódico Domine Cultural Nº 20
Cuidado con el lobizón
por Ana Leguísamo Rameau
Los mitos y leyendas tienen un encanto que no pierde su magia cuando
los relatamos. Muchas veces quedan en los anales del olvido porque el
tiempo los desgasta. Se transmiten historias de abuelos a hijos y los
nietos, un poco más escépticos, cortan la cadena de creencias.
Las creencias forman los cimientos de aquellas historias que constituyen
las costumbres de una ciudad. La luz mala, La llorona, Mandinga, El
hombre de la bolsa, Nazareno Cruz o el lobizón son algunos mitos
de un pueblo acostumbrado a fabular o a recordar cuentos del ayer. Sin
embargo, si analizamos la historia del Lobizón, podremos hallar
que, este mito, tiene sus orígenes en Europa (lobis-homen) ,
otros lo adjudican a Brasil. A nuestro modo de entender “El Lobizón”
es una especie de hombre lobo latinoamericano.
La historia del Lobizón aparece a través de la llegada
del séptimo hijo varón, aquel que se transforma los Martes
y Viernes cuando se vislumbra la luna llena. Este ser demoníaco,
antes de cumplir con su cometido y antes de atacar a sus víctimas,
se arrastra por la tierra, ceniza o arena de algún cementerio
alimentando su sed de venganza. Allí surge su metamorfosis de
hombre a animal. Tiene forma de perro orejudo, mezcla con lobo o bestia
de aspecto sucio, que huele muy mal porque ingiere carroña o
cadáveres que él mismo desentierra. Es deforme, de piel
sucia y color marrón, mezcla con negro.
En Brasil, el lobizón es bautizado con el nombre de Lobishomen.
Traducido al portugués significa hombre lobo o especie de vampiro
que chupa la sangre de los niños. Sale por las noches y persigue
a los viajeros de la región para poseerlos.
En Alemania lo llaman Werewolves . Los inmigrantes trajeron su leyenda
y la fantasía se entremezcló con las de los indios para
dar comienzo a una nueva creencia latina.
En los Balcanes y en los Cárpatos se utilizaba el término
vrykolakas para referirse a los hombres lobos, vampiros o a aquellos
espíritus que resucitan de sus tumbas.
De algún modo la vida del lobizón puede ser vulnerable
si se procede correctamente al final de la historia. Se lo puede combatir
si antes se bautiza a la víctima en siete iglesias con el nombre
de Benito. En cambio, en los Balcanes, el lobizón puede morirse
al ingerir una clase de planta particular, una flor especial que nace
en la región. También se lo mata con balas de plata que
apunten a su sombra, no a su figura, o hundiéndole un cuchillo
en forma de cruz.
Lo cierto es que, verdad o mentira, creencia o escepticismo, las historias
de lobizones, hombres transformados, espíritus que lloran, o
lobos que deambulan despiertan en nosotros una enorme necesidad de ir
a su origen e investigar lo que antecede. La historia del Dr. Jekill
y Mr Hyde es una de ellas. Podría encarrilarse en un mito metafórico
del lobizón o del hombre que, harto de su condición moral,
intenta (desesperadamente) hallar un camino de libertad, que desemboca
en libertinaje y trampa para sí mismo. El hombre asustado termina
muerto en sus propias redes.
Sí relacionamos estas transformaciones podríamos concluir
en la licantropía. Este término explica conversión
legendaria de un hombre en lobo, mientras que la zoomorfosis es la metamorfosis
de ciertos animales en otros. Generalmente el lobizón se transforma
en una bestia con figura semejante a un animal autóctono de la
zona.
Cierto o no, en estos terribles tiempos de inseguridad, hay que estar
prevenido, sobre todo en noches de luna llena, más si en su familia
existe algún séptimo hijo varón.
Sano consejo, hágame caso: “tenga cuidado con el lobizón”.