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Artículo Publicado en el Periódico Domine Cultural Nº 18


El arte digital ante el reto del mundo ¿posmoderno?
Lic. Yudelkis Calaña Guevara



Para muchos, el arte, convertido en un interrogante interminable del cómo, para qué y por qué, se desliza entre sus propios símbolos encontrando un vacío irreparable cargado de incomprensiones e insatisfacciones. Reflejar sentimientos y permitir su proyección en el receptor debe ser el primer objetivo de un artista. Si por otro lado, estas emociones coexisten con la multiculturalidad, intertextualidad e hibridación estética, entonces suele tornarse más compleja.
La época actual (para muchos posmoderna) matizada por la rebeldía estética y la burla a cánones preestablecidos, hace pensar a muchos investigadores y críticos que el incursionar en el mundo del arte pueda tornarse más sencillo. Esta creencia está sustentada en que los parámetros, tradicionalmente determinados por lo filosófico y lo social, encuentran “ayuda“ahora en la tecnología. Es por ello que muchos estudiosos se han visto en la necesidad de replantearse el concepto de arte, pero ante todo de encontrar una vía “metodológica”, por llamarle de alguna manera, que nos posibilite diferenciar qué es una obra de arte y qué no.
Y es que muchos olvidan que entre las funciones del arte se encuentran: la sugestiva, comunicativa, informativa... ¿y es que acaso la aplicación de las nuevas tecnologías en el arte invalida alguna de estas funciones? Al surgir los “ismos” dentro del movimiento de vanguardia encontraron el rechazo, incluso, de aquellos que se hacían llamar conocedores del arte, logrando solo tiempo después la aceptación. ¿Por qué no pensar entonces que estamos siendo protagonistas de una situación similar?
Hasta no hace mucho existía la preocupación de cuánto más podía ofrecer el arte en materia formal. El arte digital es un buen ejemplo de que el horizonte creativo jamás terminará. No obstante, aceptar este como arte no resulta nada sencillo, aún para los seguidores de esta idea, máxime cuando nos asaltan dudas impostergables. El arte digital viene a engrosar las filas de estilos, movimientos, tendencias- o como prefiera llamárseles- que no encuentran total cabida dentro de una época porque ella aún se cuestiona, la posmodernidad.
Muchos interrogantes nos asaltan entonces, los primeros de ellos podrían ser: ¿Existe la posmodernidad? ¿Cómo enfrentar los retos del mundo posmoderno? ¿Es el arte reflejo del mismo? ¿Acaso han nacido de esta nueva filosofía movimientos anti-artísticos? ¿Es el arte digital uno de ellos?
Aún cuando muchas personas no admiten la existencia de la posmodernidad, lo cierto es que aceptémosla o no, en nuestra realidad cotidiana asoman atisbos de la misma. Para muchos es esta (la posmodernidad), una necesidad de encontrar en el pasado lo que sentimos perdido en el presente y obviamente en el futuro. Para otros es la enajenación de la realidad presente y la búsqueda incesante de un futuro prometedor. Mientras, otros tantos la niegan alegando que es ella solo una moda para sentirnos parte de un presente diferenciado por un nombre o una filosofía realmente inexistente. Lo cierto es, que el hombre se ha visto – consciente o inconscientemente – en la necesidad de reevaluarse como individuo y encontrar respuestas a la incertidumbre y la desconfianza en si mismo.
Los medios de difusión masiva, la revolución tecnológica no son – en mi criterio- ni causa ni efecto, sino solamente una condicionante, que mal empleada puede traer condiciones fatales. El arte – subjetivo al fin- desde casi sus inicios, se ha tambaleado en al cuerda floja entre el antiarte y el arte verdadero. Igualar el arte digital a la condición primera resulta demasiado simplista. O es que: ¿acaso podemos acusar a Da Vinci de hacer de su arte una mercancía sin valor estético por realizar muchas de sus obras por encargo de los Médicis o Alberti (grandes mecenas del momento)? ¿Bajo qué parámetros podemos censurar de mejor o peor una obra de arte? ¿Cómo dar la espalda a la revolución tecnológica y sentir que establecemos un diálogo con el receptor a través de una obra de arte? No olvidemos que la manera de comunicación, así como el mensaje a transmitir ha cambiado, no debemos estar en discordancia con este. La posmodernidad no es una moda, sino un modo de sentir y proyectar la realidad circundante, y esta, reflejada en una obra de arte- digital o no- jamás podría catalogarse de vana. El arte, mientras sea: humano, reflejo de maneras de pensar y sentir auténticas, genuinas, expresión de sensaciones, no importa en qué soporte esté dado, jamás podría disminuírsele su valor.
Al contrario del resto de las abras de arte, que se manifiestan en soporte analógico (lienzo, piedra...) las obras de arte digital se manifiestan mediante soportes digitales o al menos tecnológicamente avanzados, como pueden ser: monitores, software, proyectores, etc. La música es, dentro de las manifestaciones artísticas, una de las protagonistas, en estos días de fuertes temas de discusión. Esto está motivado por el uso de las nuevas tecnologías y las “ventajas” que ofrecen las mismas. No obstante, ninguna manifestación queda olvidada, si se trata de las nuevas tecnologías y la recurrente pregunta ¿es acaso arte lo que se hace con ellas?
En momentos culturales como el actual, en que es posible advertir la coexistencia de tiempos, espacios diversos y modificaciones, en que todo accionar social es reflejo del advenimiento tecnológico, el arte, en su condición sublime de representación de la esencia kantiana de "lo humano", no es ajeno a estas analogías.

Ante la fuerte influencia de los medios de difusión masiva y la accesibilidad que propone el arte digital y las nuevas tecnologías nos encontramos ante un gran reto. Para el público es más sencillo acceder a páginas de arte digital que asistir de forma sistemática o con mediana frecuencia a galería e instituciones artísticas. El acercarnos más fácilmente a través de la computadora, programas diseñados para ello, etc. a un museo, una galería, obras de la historia del arte universal o a lo más contemporáneo, evidentemente nos aproxima a una mayor cantidad de información. Sin embargo, debemos prestar especial atención a lo que se “vende” o “promueve” a través de estos medios, pues podría llegar a convertirse en un arme de doble filo. Es quizás este punto uno de los más polémicos y controvertidos al tratar esta nueva manera de hacer y promover el arte. Debemos mantenernos atentos pues esta cultura que se adquiere puede llegar a convertirse solo en una cultura “superficial”. Algo similar ocurre con las grandes cadenas televisivas o la creación de filmes al por mayor. El público accede a un mercado “inescrupuloso” que “vende” cualquier cosa haciéndola pasar por verdadero arte. Creo entonces que el cuestionamiento debe estar dirigido en otro sentido.
Rechazar el desarrollo nos hace regresar en el tiempo, aceptarlo con preparación y ética, sería lo más inteligente. Y es que no todo lo que se consume (no me refiero solo a consumo económico sino más bien perceptivo, como acto de conocimiento y acercamiento) es lo que realmente posee valor estético. Sin embargo muchas de las de las piezas que se exponen, se promueven (y otras tantas que quedan en el camino) pueden considerarse aún por el más aguzado crítico una verdadera obra de arte. Y es que el reto está en mantener la dirección correcta. Podríamos quizás pensar, ¿cuántas verdaderas obras de arte realizadas en soporte convencional (entiéndase lienzo, cartulina, etc) son promocionadas en el mercado y cuántas de esas mismas son solamente el resultado de múltiples factores entre los cuales no podría citarse calidad artística?
El hecho de que el sensacionalismo sea parte intrínseco – desafortunadamente o no- de los medios de difusión masiva, hace del arte digital una víctima a quien se incluye sin más análisis en el mismo costal que a cualquiera de esos programas, producto y resultado de un deseo de vender sin tener en cuenta valores importantes cuando se habla de creación artística .Aún cuando los medios de difusión masiva constituyen una fuerte influencia, ellos no son nuestros enemigos, sino aliados a quienes guiar porque son en definitiva no solo arte, sino también el intermediario entre creador y público. Promover espacios donde el público amplíe sus conocimientos acerca de esta nueva manera de hacer puede ser un buen punto de partida. Aunque no debe olvidarse que el arte (dejemos a un lado de momento el análisis de los software educativos, motivo de discusiones, con toda razón), debe ser ante todo un espejo en el que el receptor se sienta reflejado porque, más que entenderse, debe sentirse.
El papel del receptor debe reevaluarse, teniendo en cuenta que con esta propuesta es mayor la interactividad, no solo con la obra sino posiblemente también con el artista. Las funciones del arte en vez de limitarse – como plantean algunos círculos- se redimensionan. Un temor cierto, aunque prevenible, es que con esta redimensión se pierda la calidad estética. Pero ¿acaso no ha sido esta siempre una posibilidad en materia de arte?
Sin importar la técnica que se emplee, el verdadero arte prevalece por su capacidad de acercarse a un receptor ávido de sentirse parte de ese fascinante mundo. No importa si se utilizan medios naturales como en la antigüedad o la prehistoria, o si se compran el acrílico o la acuarela en la más cara- o barata- de las tiendas, o si es a través de la computadora que se crea. Lo trascendental no es cómo se hace el arte, ni siquiera quién lo hace sino sólo ¿para quién?

 


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