Artículo
Publicado en el Periódico Domine Cultural Nº 18
LA MÚSICA EN LA ABSTRACCIÓN
LÍRICA
Por Santiago Federico Richetti
La relación entre la pintura y la música
hacia comienzos del siglo XX es demasiado evidente. Por un lado tenemos
músicos como Schönberg, que también era un distinguido
pintor. Por el otro artistas como Feiniger o el mismo Kandinsky, destacados
por su labor musical. Según el filósofo y crítico
alemán Theodor Adorno “el antiguo programa del romanticismo
de Schumann, según el cual la estética de un arte es también
la de las otras,” es recuperado a principios del siglo XX, en
parte, como forma de “rebelión contra la cosificación”
–propia del capitalismo tardío- y de humanización
de las artes.
Son los primeros abstractos, aquella línea mística de
la Bauhaus, quienes se ocupan por aquellos años de teorizar sobre
esta evidente relación entre ambos lenguajes artísticos.
Pero estos estudios se remontan siglos atrás: fue Jean-Philippe
Rameau quien -a partir de la teoría de la escala cromática
de Newton- publicó en el año 1722 su primer Tratado de
Armonía, en el que relacionaba la octava cromática con
la musical (sabemos que así como los sonidos, los colores poseen
frecuencias).
Para Kandinsky, aunque no podamos establecer a qué nota musical
pertenece cada color, es evidente que podemos asociar ciertas alturas
sonoras a ciertos colores. Por ejemplo, el amarillo, como los sonidos
agudos, es violento y suele estorbar al receptor; el azul oscuro, como
los sonidos graves, es puro y profundo; se encontrará el equilibrio
perfecto en el verde, al que podemos relacionar “con los tonos
calmos, alargados y semiprofundos del violín”.
Johannes Itten establecerá una relación entre las formas,
los colores y sus tres niveles correspondientes: el cuadrado rojo corresponde
a la tierra, el triángulo amarillo al pensamiento y el círculo
azul al cielo.
En conclusión, colores, formas y sonidos son fuerzas que repercuten
en nuestro espíritu, afectándolo y modificándolo
de alguna manera.