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Artículo Publicado en el Periódico Domine Cultural Nº 17


LA COYA Y EL DRAGÓN

por Victor Falcon Huayta


Primer Acto

Cuando se produjo el singular suceso histórico del contacto entre Occidente y América confluyeron los principales ingredientes que iniciaron nuestro derrotero actual. Muchos de los problemas latinoamericanos tal vez tienen que ver con hechos que les narraré a continuación.

Dos culturas, la española europea y la Inca americana (o de “Allpacamasca” ) comenzaron a intercambiar mensajes y gestos casi nunca bien entendidos. Los desencuentros de estos primeros contactos eran inevitables y puede que, bajo diversas formas y en diversos grados, los venimos prolongando hasta ahora en lugares y ocasiones más o menos concientes.

Se dice que cuando Francisco Pizarro se dirigía a la serrana Cajamarca, luego de haber desembarcado en el cálido litoral de Tumbes, uno de los primeros “obsequios” enviados por el Inca Atahualpa fueron dos recipientes de piedra y unos “patos” desollados. El recio soldado español los interpretó como un mensaje hostil por parte del emperador andino. Imaginó a los recipientes como fortalezas incaicas y a los inermes patos como una velada amenaza. Sin embargo, Atahualpa sólo quería iniciar un intercambio diplomático-ritual propio de las relaciones que establecía con los Curacas.

Ya frente a frente, un nuevo gesto del Inca hacia los hispanos volvió a ser mal interpretado. Un convite de akha ofrecido en un vaso fue arrojado al suelo por los emisarios que envió Pizarro para acercarse al soberano. En términos del protocolo andino esta invitación era la manera en que se realizaba un primer contacto formal que, a su vez, determinaba la futura relación. Diríamos que para los españoles el rechazo era una medida de precaución y desconfianza ante lo desconocido.

Sea como fuere, era un escenario que enfrentaría a dos sociedades completamente diferentes, pero sobre todo en diferentes condiciones tecnológicas y de estrategias diplomático-militares. La primera, soldadesca y taimada, con experiencia en el comportamiento de las sociedades del Nuevo Mundo traída desde Mesoamérica, y la otra antes no enfrentada a sociedades tan abismalmente diferentes, así como, ritualista y protocolar en la diplomacia y en la guerra.

Lo que sucedió después es conocido por todos, pero quería señalar estos desencuentros iniciales, para ilustrar la importancia de estas experiencias históricas y no juzgar a priori a comunidades (o desde una perspectiva global, a países) que se rigen por normas morales, de organización y convivencia, diferentes a las occidentales.


Segundo Acto

El desaire español no fue sancionado como se debía, el Inca continuó su ingenuo e incauto acercamiento; luego del cruento encuentro en la plaza de Cajamarca nada sería igual. Un nuevo intercambio de símbolos mal interpretados justificó el asalto y la captura del soberano, y con él, la de todo el Imperio. El akha o chicha arrojada por los invitados fue un desplante que no se había olvidado, ¿Por qué no arrojar la Biblia igualmente incomprendida por el Emperador?

Este suceso viene a colación en nuestra historia pues el vaso del brindis protocolar se constituiría en una de las expresiones artísticas de la elite nativa que sobrevivió subordinada en la colonia. Los incas debieron adaptarse a esta nueva situación, y lo hicieron con versatilidad y audacia. Así, el vaso de madera denominado quero, fue uno de los objetos que reflejó este fenómeno y, a decir de John H. Rowe, se constituyó en uno de los exponentes del arte incaico más destacados en toda su historia.

Los vasos quero de la época colonial, profusamente decorados con escenas de la historia y costumbres incaicas –además de asimilar nuevos elementos occidentales– eran policromos y figurativos a diferencia de los elaborados en tiempos prehispánicos, donde su decoración se limitaba, casi exclusivamente, a motivos geométricos incisos sobre la madera limpia. Es decir, muy pronto los artistas nativos al servicio de la nobleza local lograron asimilar cánones estéticos y técnicos traídos por los españoles.

Esta nueva actitud, hacia objetos y actos de profundo significado andino, debió configurar uno de los cambios más dramáticos en el campo de la percepción, la comunicación y la estética en las sociedades nativas de América.


Tercer Acto

El Museo Nacional del Perú tiene una colección de más de un centenar de queros, entre los cuales destaca uno que refleja la compleja situación cultural que esbozamos y nos puede distraer fructíferamente. Se trata del ejemplar MO-10395, un quero con rasgos técnico-decorativos que lo podríamos ubicar tentativamente a fines del s. XVI o comienzos del s. XVII.

Como es común en los vasos con el rasgo llamado “Arco Iris”, su campo decorativo está dividido en tres bandas horizontales, siendo la sección superior la más amplia y en donde se representan las figuras más importantes. Aquí, bajo dos arcos de tres colores que emergen de las cabezas de felinos ubicados en lados opuestos, se encuentran las figuras de la Coya, esposa del Inca, sosteniendo unas flores emblemáticas, el chiwanway. En el lado opuesto, un animal fabuloso de cuerpo serpentiforme, alas membranosas, garras de ave y cabeza que muestra sólo la mandíbula superior dentada y una lengua que se proyecta hacia adelante y que remata en un triángulo. Un ser inédito en la imaginería andina prehispánica (Figuras 1 y 2). Otros elementos de segundo orden decoran este quero. En la banda central, paneles cuadrangulares que alternan composiciones estilizadas a manera de blasones y cuadrados inscritos delineados mediante incisiones. En la banda inferior una sucesión del chiwanway.

Existe una relación importante entre las flores y las representaciones de Coyas, por ejemplo, un dibujo del cronista indio Felipe Guaman Poma de Ayala muestra a la Coya Chinbo Urma sosteniendo un chiwanway en su mano derecha. Otro ejemplo de esta relación se observa en una pintura del Museo Inca del Cusco. Allí observamos un impresionante retrato de una dama de la nobleza cusqueña de la colonia, cuya capa y túnica interna, con multicolores guardas ajedrezadas, muestran sus fondos blancos salpicados de flores rojas de las que, además, tiene un ramo en la mano.

Escenas con arcos coloridos que brotan de cabezas de felinos son recurrentes en los queros. Con frecuencia, de la cabeza de los felinos –posiblemente uturunqu– surgen plantas con grandes frutos, flores y aves. A veces, personajes de la nobleza o sus escudos se ubican también sobre ellos. Finalmente, lo que queremos enfatizar es que existe una clara coherencia entre los diferentes elementos representados en este quero, excepto por la presencia del dragón.


Cuarto Acto

La interrogante que surge entonces es: ¿Por qué se adoptó una representación tan ajena al imaginario incaico –y andino en general– para asociarla a la Coya?.
Los dragones fueron seres fabulosos que en la tradición mitológica y artística europea representaban monstruos que asolaban regiones, protagonizaban luchas épicas y se representaban en la heráldica de la nobleza europea. Podríamos decir que para los europeos del s. XVI simbolizaba la fuerza y la bravura. Sin embargo, fue adoptado con un contenido diferente por la nobleza Inca de la época colonial. Veremos por qué.

Otro quero ostenta una representación en donde un soldado español premunido de espada y escudo entabla lucha con un dragón, en todo muy semejante al que nos ocupa. Asimismo, está presente en otra pieza en la que el fantástico animal mira al observador y se encuentra rodeado de flores de chiwanway y ñucchu, como las que sostiene la Coya y decoran siempre las bandas inferiores de los queros


Dadas estas actitudes y asociaciones iconográficas, parece razonable plantear que, el dragón desempeña un papel diferente a su clásico rol occidental. Liebscher insinúa que los incas lo utilizaron para reemplazar una de sus imágenes más sagradas, la gran serpiente Amaru. Sin embargo, no alcanza a explicar cabalmente por qué y cuál es la relación entre el dragón y los demás elementos del conjunto iconográfico propiamente andino de nuestro quero. Así, el dragón habría reemplazado a la imagen del Amaru mas no a su contenido y significado. ¿Cuál era este significado y por qué se embozó a la gran serpiente?

Imágenes de serpientes se representan desde los albores de la civilización en los Andes peruanos hace poco más de cuatro mil años. Su presencia se documenta a fines de la época que los arqueólogos denominamos “Arcaico tardío” (3,000-1800 a. C.) donde algunas comunidades comenzaban a edificar grandes templos y fundar extensos asentamientos teocráticos. A finales de este período aparecen las primeras imágenes que se constituyen en los embriones de representaciones sagradas de larga vigencia. Incluso se habrían “serpentizado” formas o cuerpos aparentes, es decir, se les habría atribuido naturaleza de serpientes a cabellos y brazos, turbantes, hilos o peces de formas alargadas, etc. Es decir, las serpientes –y sus representaciones– fueron omnipresentes a los largo del desarrollo andino precolonial.

Bajo esta lógica, en las tradiciones andinas actuales las cordilleras o largas colinas adquieren este concepto y así también los ríos y las acequias se asocian a serpientes. Estos últimos, vectores del agua, son fundamentales en un territorio agreste y quebrado por la presencia cordillerana, donde las áridas planicies costeras son humedecidas por torrentosos y estacionales ríos de caudal variable que bajan de las montañas hacia el mar. Además, la agricultura en las tierras altoandinas es de secano, es decir, dependen de la estación de lluvias, abundantes de enero a marzo. En esas condiciones, el agua así como su manejo y culto adquirieron dimensiones fundamentales para sociedades que comenzaron su proceso civilizatorio en el marco de una geografía muy variada.

Finalmente, varios mitos andinos asocian a la mujer con el agua que, como explicamos, era muy apreciada y manejada a través de una tecnología constituida fundamentalmente por represas y acequias. Los incas la ritualizaron a tal grado que construían complejos sistemas hidráulicos y exquisitas acequias talladas en piedra para abastecer fuentes sagradas que ahora se denominan equivocadamente “baños”. Una de estas fuentes fue la cómplice de la aclla Chuquillanto en sus prohibidos amoríos con el pastor Acoytrapa (Carrión Cachot, 2005).

En la cosmología incaica, la Coya –como primera esposa del Emperador– se constituía en representante máxima de la mujer, la quinta esencia del género. Así lo plasma el cronista indio Joan Santa Cruz Pachacuti en su famoso esquema cosmogónico Inca donde ubica a la mujer al lado de la mama cocha y quilla, la luna.

Con estos antecedentes, la Coya y el dragón resultan menos extraños entre sí en el quero. La Coya, vinculada a la fertilidad y la producción agrícola se complementa con el dragón, la gran serpiente Amaru enmascarada –asociada al agua, en su papel de yacumama, como todavía se le conoce en la región amazónica.


Epílogo

La violenta represión de la cultura andina a través de la subordinación del imperio Inca inició un complejo proceso de creaciones y adaptaciones sociales en un nuevo campo de batalla, el de las imágenes y en una nueva época, la colonia. Estas se tornaron muy importantes para la elite nativa que instruyó a sus artistas en función de las nuevas exigencias y limitaciones a su poder con el fin de mantener privilegios y bienes que les correspondían como descendientes del linaje Inca. Aún más, para sortear las persecuciones y represiones españolas de las “idolatrías” nativas.

Esta empresa fue exitosa hasta 1780, cuando la rebelión nacionalista del cacique cusqueño José Gabriel Tupa Amaro precursor de la independencia del Perú, puso en jaque al poder español. Luego de la derrota del rebelde, se prohibieron todos los símbolos, actos e insignias que distinguían al linaje Inca (Rowe, 1955). Poco después que el Perú amanece a la República en 1821 la fabricación y uso de los policromos queros incaicos de la colonia llegó a su fin.

La ideología de la modernidad nacida en Europa e instaurada en América terminó por abolir los privilegios de las noblezas. A ensayar un camino diferente en base a la igualdad, la fraternidad y la libertad. Nuevamente, occidente nos influenció de manera decisiva, encontrando a grandes regiones y pueblos de nuestros países en momentos socio-económicos históricamente “rezagados”.

Y aunque esa es otra historia, seguimos teniendo el reto de comunicarnos, aprender de y respetar a nuestros pueblos originarios. Encontrar puntos de equilibrio y justicia en los intereses, que no pocas veces re-editan desencuentros como los de Atahualpa y Pizarro. Aprender a imaginar y crear soluciones, como la Coya y el dragón.

Victor Falcón Huayta
Mayo de 2006
Bibliografía

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