Artículo
Publicado en el Periódico Domine Cultural Nº 12
Drogas Inteligentes por Juan Carlos Ruiz
Franco
Los nootrópicos (noús = mente; trópos
= movimiento) o drogas inteligentes1 (smart drugs) son sustancias naturales
o de síntesis —plantas, alimentos, vitaminas, minerales,
aminoácidos y fármacos— cuyo objetivo es mejorar
el rendimiento intelectual, además de la salud, ya que sólo
cuando el organismo está sano puede funcionar de forma óptima
a todos los niveles.
Quienes no vean con buenos ojos el término “droga”,
deben tener en cuenta que los nootrópicos no tienen ninguna relación
con las sustancias prohibidas (heroína, cocaína, etc).
Por otra parte, este vocablo con tan mala fama tiene un significado
real diferente al utilizado por los medios de comunicación, que
han convertido al conjunto de los psicoactivos en uno de los chivos
expiatorios de los males de la sociedad. Según la definición
clásica, “droga” se refiere a cualquier sustancia
que el organismo no asimila al ingerirla —lo que sí ocurre
con los alimentos, que sirven para aportar energía, construir
tejidos, etc—, sino que produce alguna modificación y es
después eliminada sin asimilarse. El diccionario de la Real Academia
Española apoya esta tesis:
Droga: 1. f. Nombre genérico de ciertas sustancias minerales,
vegetales o animales, que se emplean en la medicina, en la industria
o en las bellas artes. 2. Sustancia o preparado medicamentoso de efecto
estimulante, deprimente, narcótico o alucinógeno. 3. Medicamento.2
Empleamos muy a propósito la expresión “drogas inteligentes”
para reivindicar el sentido real de este término tan denostado
y contribuir a combatir la manipulación y la distorsión
del lenguaje, evidentes también en otros muchos (“utopía”,
“idealista”, “cínico”, “comunista”,
“fascista”...), cuyo uso actual poco tiene que ver con el
original. Uno de los mejores métodos de manipulación es
jugar con la ambigüedad terminológica y dar al lenguaje
el sentido que mejor convenga, porque ya sabemos que “una mentira
repetida mil veces acaba convirtiéndose en una verdad”
(Joseph Göbbels).
No existe droga buena ni mala, sino un uso bueno o malo de ella. Lo
que se utiliza para curar puede también resultar un veneno —dependiendo
del empleo, condicionado por la información veraz que se posea—;
de la misma forma que los cuchillos pueden utilizarse para cortar la
comida o para agredir y, sin embargo, no se prohíbe la venta
de estos instrumentos. Como bien dice Antonio Escohotado3 —y como
resulta evidente a lo largo de la historia—, no hay veneno que
no haya resultado útil. Sólo a la voluntad humana se le
puede aplicar los adjetivos —propios del ámbito de la ética—
de “bueno”o “malo”, porque sólo nosotros
podemos distinguir entre el bien y el mal; en cambio, lo que existe
en la naturaleza es amoral y su bondad o maldad dependerá del
uso que le demos. Por citar algunos ejemplos, un comprimido de ácido
acetilsalicílico, una droga muy familiar, nos alivia el dolor
de cabeza, pero tomar diez nos obligará a soportar un lavado
de estómago si no queremos sufrir un serio problema. Cierta cantidad
de morfina aliviará un fuerte dolor en caso de enfermedad grave,
pero una cantidad excesiva nos pondrá en peligro; otra más
pequeña, administrada en repetidas ocasiones, nos volverá
adictos a ella. Un poco de café, o de otro estimulante, nos permite
rendir más, permanecer alerta y concentrarnos, pero si sobrepasamos
cierta dosis podemos excitarnos en exceso y padecer problemas cardiacos.
¿Alguien puede afirmar que estas sustancias son “malas”
en sí mismas, o más bien es la forma en que las utilizamos
(o nuestro juicio sobre ellas) lo que condiciona su bondad o maldad?
Otro motivo para utilizar la expresión “drogas inteligentes”
es que los pioneros en el uso de suplementos para potenciar el rendimiento
intelectual emplearon la expresión inglesa “smart drugs”4.
No parece lógico tener que inventar otra denominación
para estas sustancias a causa de esa paranoia pública hacia las
drogas, creada por ciertos sectores a los que beneficia claramente,
o porque ellos mismos la hayan convertido —movidos por intereses—
en una palabra tabú.
Aparte de estos prejuicios que hemos mencionado, otra opinión
común, demasiado habitual por desgracia, es la que sostiene que
una sustancia química no puede influir sobre nuestros pensamientos,
emociones y motivaciones. Para quien dude de que un producto químico
pueda actuar sobre nuestro intelecto van las siguientes preguntas: ¿Piensa
usted que su mente está por encima de toda influencia física
y química? ¿Está convencido de que fue creada por
algún ser trascendente, y que por esta razón es una entidad
inmaterial y separada del cuerpo? ¿Cree que la mente es de naturaleza
espiritual y no material? Si sus respuestas son afirmativas estará
ignorando —con todo el respeto para sus creencias—, voluntaria
o involuntariamente, décadas de avances y descubrimientos científicos
que apuntan a lo contrario. El cerebro no es una entidad inmaterial,
sino un órgano, y sus facultades pueden mejorarse con la administración
de una larga serie de sustancias, todas ellas con escasos efectos secundarios
posibles, menores que los medicamentos de uso común (analgésicos,
antibióticos, psicofármacos...). Las neurociencias han
avanzado muchísimo en las últimas décadas, y todo
apunta a que nuestra conducta, nuestras emociones y nuestros pensamientos
son controlados por unas sustancias llamadas neurotransmisores. Su mayor
o menor concentración en el cerebro —y su mejor o peor
funcionamiento— implica contar con un mejor o peor estado de ánimo
y con una mejor o peor actividad intelectual.
Todas las personas activas están interesadas en mejorar su rendimiento
físico e intelectual (y probablemente también el sexual).
Las drogas inteligentes carecen prácticamente de efectos adversos
y pueden adquirirse fácilmente. Bajo esta denominación
se engloba una gran cantidad de productos con ciertas características
comunes: aumentan el rendimiento, alteran poco el organismo y no son
adictivos. A pesar de ello, se trata de sustancias poco conocidas.
Son muchos los que, debido a su trabajo o afición (estudiantes,
docentes, administrativos, escritores, intelectuales en general...),
se preguntan si hay algo que potencie sus facultades cognitivas, su
inteligencia, su concentración, su memoria. Suelen acudir a la
farmacia o al herbolario, donde el dependiente les ofrece lo que tiene
más a mano, normalmente comprimidos o ampollas a base de fósforo,
vitaminas, minerales o lo más publicitado esa temporada, sin
saber si resulta efectivo o no. El autor de estas líneas, consciente
de la carencia de información en nuestra lengua, comenzó
escribiendo sobre suplementación intelectual en medios (revistas
y portales de Internet) relacionados con el ajedrez; posteriormente
reunió sus artículos en el sitio http://www.drogasinteligentes.com
y recopiló más material para redactar un libro publicado
en el año 2005 por la Editorial Paidotribo, con el previsible
título de “Drogas Inteligentes”. Siguiendo el índice
de la obra, estas sustancias se pueden clasificar, atendiendo a su efecto
predominante, en:
1. Sustancias tranquilizantes
2. Sustancias estimulantes
3. Potenciadores cognitivos
Dentro de cada tipo hay, según su procedencia: a) Nutrientes
y plantas; b) Vitaminas y minerales; c) Aminoácidos; y d) Sustancias
de síntesis y más potentes.
El libro presenta una descripción exhaustiva y detallada de todos
los productos que podemos encontrar en farmacias, herbolarios, establecimientos
de dietética y smart shops de Internet. Ofrece, además,
una serie de reflexiones sobre el concepto y el término de “droga”,
tan manipulado en las últimas décadas; una historia de
las drogas inteligentes, con mención de intelectuales y escritores
que utilizaron sustancias psicoactivas para estimular su creación;
y consejos dietéticos complementarios.
De todas formas, debemos avisar que no existen los milagros y que no
estamos ante la panacea universal. Desgraciadamente, hay muchas afirmaciones
no comprobadas, así como propiedades difíciles de demostrar
y de las cuales se aprovechan quienes quieren pescar en río revuelto
(una razón más para insistir en la importancia de estar
bien informado). Sin embargo, es un hecho que funcionan, unas en mayor
medida que otras.
Hablando sobre la seguridad de su uso, comparadas con la mayoría
de las medicinas comúnmente recetadas, incluso las smart drugs
más fuertes carecen relativamente de efectos secundarios cuando
se toman en dosis normales, y la mayoría de las veces sus problemas
no proceden de ellas en sí, sino de adulteraciones o usos inadecuados,
como por ejemplo el famoso caso del triptófano adulterado en
1989 que originó eosinofilia-mialgia. Este aminoácido
es inofensivo, y fue su adulteración lo que causó los
problemas sanitarios. Casualmente (¿o quizás causalmente?),
el triptófano fue prohibido poco antes de salir al mercado el
antidepresivo más popular, el Prozac, que tiene las mismas indicaciones
terapéuticas que nuestro aminoácido natural, pero muchos
más efectos secundarios.
Para concluir este artículo introductorio citamos algunas drogas
inteligentes que espero explicarles en detalle en posteriores entregas:
el deanol, la hydergina, la sulbutiamina, el piracetam, el ginkgo biloba,
el ginseng y el modafinil. Una última recomendación: si
les interesan los productos que he descrito, por favor, no corran a
la farmacia o al establecimiento de dietética a comprarlos y
recaben información antes de probarlos.
Juan Carlos Ruiz Franco es profesor de Filosofía,
nutricionista deportivo y escrito