Artículo
Publicado en el Periódico Domine Cultural Nº 10
El regreso por Carlos Gelati
-Tomá –dijo alcanzándole el mate.
Su voz sonó un tanto apagada.
Muchas veces, en estos meses, había creído que ella iba
a volver. Muchas veces también, trató de imaginar el momento.
Ahora, de pronto, al verla cruzar la calle, tuvo la sensación
de que nunca se hubiera ido. Se le hacía que sólo estuviera
volviendo de algunas compras. Sin embargo sabía bien que no era
así.
Él había pensado bastante en esto, unas veces con bronca,
otras más tranquilo y en algunas, invadido por un ánimo
crepuscular, hasta lleno de nostalgia. Según esos estados, argumentaba
enérgicas interpelaciones; se ponía reflexivo y más
proclive a considerar que él también podía tener
culpas o, simplemente, imaginaba la alegría de recuperar su ternura
olvidando cualquier reproche. Pero como suele ocurrir siempre con lo
que el hombre imagina y proyecta, en la realidad los hechos se presentaban
de forma muy distinta.
Si debía razonar y resolver qué iba a hacer cuando llegara
y la tuviera delante, hubiera preferido que tardara mucho más
en cruzar la calle; pero siendo tan imprevistos los hechos y viéndose
forzado por ellos, se sintió confundido. Las palabras huían
y las argumentaciones tantas veces rumiadas, se le volvían contradictorias.
Unas, le parecían sin peso; otras, yendo bruscamente al extremo
opuesto: demasiado agresivas. No decir nada podía hacerle creer
que todo estaba bien. Mostrarse indiferente, en cambio, podría
desalentarla. Tal vez lo mejor fuera escucharla –no era ella acaso,
la que volvía–. De todas maneras, algo tenía que
decir, una primera palabra, un saludo... Por eso quizá, haya
terminado dándole el mate, aún sabiendo bien que ella
no tomaba, y su palabra adquirió un tono tan a mitad de camino
que, si bien no le recriminaba nada, tampoco la estimulaba. Darle un
mate al que llega, es en sí mismo un gesto cálido y hospitalario,
que tiene mucho de compartir. En él, sin embargo, el gesto nacía
atenuado por una marcada parquedad.
Ella con su regreso, evidenciaba una clara disposición al acercamiento
y al diálogo. Desde que se fue tuvo claro que si un día
había que dar un paso, era ella la que debería darlo.
Antes de decidirse lo había pensado infinidad de veces y le sobraban
dudas; porque en su soledad, tampoco habían faltado reiterativas
argumentaciones, pedidos de explicaciones y airados reproches. Sin embargo,
andando el tiempo se fueron diluyendo los enojos y se hacían
más frecuentes las noches de nostalgia. Noches en las que sin
dormir, la invadían poco a poco los recuerdos de momentos felices
y le costaba cada vez más, recordar cuáles habían
sido los motivos reales por los que llegaron a separarse. Alguna vez
se planteó si esa dificultad para recordar la causa de su herida,
no estaba justamente en que la herida cicatrizaba. Igual que a él,
la soledad y la distancia le hicieron recapacitar sobre cosas que la
cercanía y la rutina no dejan ver. Como llegar a pensar que no
se tiene siempre razón. Que hay actitudes naturales para uno,
que sin embargo pueden molestar al otro, o descubrirse reconsiderando,
abrumada en la esterilidad de una habitación solitaria, las cualidades
que él tenía, pero que se eclipsaban tras los defectos
–los mismos de cualquier ser humano–, cuando eran agrandados
en medio de tontas disputas.
No sabía cómo reaccionaría él. Cerca ya,
cruzando nerviosa la calle, sintió que de sí misma sólo
quedaba un impulso –sin ideas, sin palabras–, al que las
piernas apenas sostenían. De pronto se oyó diciendo con
calidez:
–Gracias, Martín.
Más aliviada, recibió el mate que su mano le tendía.
Lo tomó con exagerada lentitud, gastando tiempo para poder ganarlo;
entre tanto, iba recuperando los dibujos tan familiares de las baldosas
del piso. Cuando el mate roncó por cuarta vez, levantó
los ojos para devolvérselo. Sobre el modular, bien parada y en
su lugar, vio esa foto en la que los dos juntos sonreían. La
misma que había visto tumbada boca abajo al entrar.
En ese momento supo que ya no se volvería a ir.