Artículo
Publicado en el Periódico Domine Cultural Nº 7
Uyaqotuy: La caverna del tigre dientes
de sable por el Lic. Victor Falcón Huayta
Wacrapuquio es un pequeño distrito ubicado en la sierra central
del Perú, a unos 13 Km al sur de la ciudad de Huancayo. Su valle
presenta un relieve ondulado y cubierto de parcelas con sembríos
de maíz, cebada, papas y habas, en una altitud promedio de 3,500
m.s.n.m. Su nombre está compuesto de dos voces quechuas, “wacra”
que quiere decir cuerno y “puquio” que refiere a manantial.
Según la tradición popular, antiguamente el agua de un
manantial se canalizaba a través de cuernos engastados, de ahí
su nombre.
Al pie de uno de sus cerros llamado Uyaqotuy (“uya”
= rostro, cara; “qotuy” = aporque) y en circunstancias en
que se mejoraba una autopista que uniría las ciudades de Huancayo
y Huamanga (Ayacucho), se abrió por casualidad la entrada a una
caverna formada por las filtraciones de agua entre los mantos calizos;
formación que los geólogos conocen como karst. Este hallazgo
dio paso a otro descubrimiento, los restos de uno de los depredadores
más formidables del Pleistoceno que los especialistas denominan
Smilodon o popularmente conocido como tigre dientes de sable. De manera
circunstancial nos cupo intervenir en la recuperación y registro
de sus restos óseos, cuya disposición mostraban su articulación
natural en el fondo de la caverna de paredes, estalactitas, estalagmitas
acarameladas y velos que parecían de hielo, con filtraciones
que formaban un pequeño espejo de aguas cristalinas a 15 metros
de profundidad.
El depredador
Los paleontólogos han definido tres especies de Smilodon: S.
gracilis, S. fatalis, y S. populator. Los dos últimos con presencia
en América del Sur: S. fatalis en Perú (Talara, en la
árida costa norte) y S. populator en la Argentina, Brasil, Bolivia
y Paraguay principalmente. El rasgo distintivo y más impresionante
de este felino son sus largos colmillos, los cuales median unos 30 cm
de largo y sus fauces articulaban mandíbulas que se abrían
hasta alcanzar un ángulo de 120°. Otro rasgo menos conocido,
pero igualmente sorprendente, es la denominada “evolución
reiterativa”, que se refiere a la aparición, extinción
y reaparición del mismo tipo ecomorfológico. Los carnívoros
dientes de sable son el ejemplo de evolución reiterativa mejor
conocida y más dramática (Janis, 1994).
No cuesta imaginar al formidable animal de poderosa musculatura
en un ambiente cada vez más hostil, donde las presas eran más
escasas y había que recorrer distancias más grandes para
obtenerlas, a través de las onduladas praderas y bosques de las
quebradas cordilleranas. Sus casi trescientos kilos de ferocidad de
nada le valdrían para sobrevivir aquellos postreros tiempos en
que lluvias y nevados se retiraban cambiando el paisaje; extinguiendo
lentamente a los grandes animales y permitiendo la aparición
y proliferación de otros más pequeños. El impresionante
felino de la caverna descubierta en el cerro Uyaqotuy estaría
destinado a ser el ejemplar más completo de su especie recuperado
al presente en los Andes peruanos. Testimonio de una era extinta; de
un mundo que feneció hace poco más de diez mil años.
La rama de la paleontología que estudia la formación
de yacimientos fósiles es la tafonomía. Las probabilidades
de que un resto fósil se conserve (y de este modo llegue a testificar
toda una especie) son remotas y en este fenómeno intervienen
variables físicas y circunstancias naturales. Por ejemplo, las
erupciones volcánicas, los pantanos de fondos movedizos y las
trampas naturales, como pueden ser un foso, una chimenea o una grieta
que atrape al animal que cae en él para siempre. Este parece
ser el caso de nuestro Smilodon, cuyos restos fueron encontrados en
el fondo de una caverna cuyo único acceso era una escarpada pared
por la cual se tuvo que descender con arneses. Todo indica que el animal
cayó a través de este foso y murió de inanición,
pues sus restos guardaban una articulación que configuraba aún
la posición en el momento de la muerte, recostado por su lado
izquierdo; además quedó a salvo de animales carroñeros
que habrían disturbado los huesos. Posteriormente, la materia
orgánica fue consumida en el ambiente frío y húmedo
de la caverna y los huesos cubiertos de una fina capa de carbonatos
de calcio. Los restos óseos estaban en un estado sumamente friable
indicando que el colágeno se había consumido casi totalmente.
La bóveda craneana estaba casi pulverizada, conservándose
únicamente parte del foramen magnum, las bulas timpánicas
y casi todos los dientes, incluidos los grandes colmillos. Asimismo,
la mandíbula inferior estaba casi completa. El resto del cuerpo
se encontraba bastante íntegro, siendo notoria la ausencia de
la cola y los huesos de la cadera. Al momento de escribir estas líneas
el espécimen culmina su fase de consolidación y limpieza
en el Museo Nacional de Lima.
Hoy las autoridades de Wacrapuquio reclaman sus restos, conservados
en más de un 70 % y ahora casi listos para su exhibición
(y agregaríamos, su estudio). Piensan –no faltos de razón–
que es muy valioso, no tanto como consecuencia de ponderar su interés
científico cuanto por creer que puede convertirse en un atractivo
turístico para la localidad. Todo parece indicar que éste
será su destino. Jean-Noel Martínez, paleontólogo
franco-peruano del Instituto de Paleontología de la Universidad
de Piura se muestra a favor de la descentralización y la permanencia
de los especímenes fósiles en su lugar de origen. Sin
embargo, Rodolfo Salas del Museo de Historia Natural de la Universidad
Nacional Mayor de San Marcos ha señalado que el lugar en donde
se conserve debe garantizar su custodia y libre acceso a los especialistas
que lo requieran, requisitos que caracterizan a los grandes repositorios
universitarios y museos. Finalmente, Francisco Prevosti del Museo de
La Plata nos ha manifestado su opinión a favor de la permanencia
en el lugar originario, siempre y cuando se garantice su resguardo.
De cualquier modo, el futuro del extraordinario hallazgo queda en manos
de las autoridades del Instituto Nacional de Cultura, ente estatal peruano
que actualmente tiene fuero sobre los bienes y yacimientos paleontológicos.
La nuestra no es sino una experiencia científica que nos atañe
circunstancialmente, pues no es nuestra especialidad, sin embargo, nos
ha bastado para percibir el enorme valor y potencial de esta ciencia
en el Perú y la región.
La paleontología en el Perú
A pesar de que el interés por los fósiles en el Perú
se podría remontar a comienzos de la segunda mitad del siglo
XIX cuando Antonio Raimondi recorría el país maravillado
por sus potencialidades, fue el geólogo Carlos Lisson quien publicó
un tratado científico sobre la materia a principios del siglo
XX. Actualmente, la paleontología en el Perú se asocia
a las carreras de Biología y Geología, desde cuyos campos
se hacen las publicaciones y contribuciones más importantes.
Nuestro país no ostenta una tradición científica
paleontológica autónoma y con espacio en las facultades
como carrera independiente ni como especialidad de postgrado. Su despliegue
y desarrollo más importante se aloja en el Museo de Historia
Natural “Javier Prado” de la Universidad Nacional Mayor
de San Marcos en Lima y el Instituto de Paleontología de la Universidad
Nacional de Piura que, aunque formula un claro diagnóstico de
la paleontología en el país, aún no forma paleontólogos
profesionales (www.unp.edu.pe/ip/paleont02.html).
En una discusión reciente sobre paleontología y turismo
en el Perú realizada en el marco del primer Encuentro de Comunidades,
Municipios y Turismo (www.arqueostudio.com/comunytur.html) Jean-Noel
Martínez expresó la necesidad de contar con entes académicos
que formen paleontólogos profesionales dado que los yacimientos
fosilíferos de interés científico abundan en el
país y su potencial como recurso y atractivo para el turismo
requiere de un tratamiento especializado. La formación de un
cuerpo científico sólido e importante contribuiría
grandemente a la adecuada gestión científica y turística
de los yacimientos fósiles, así como también, a
combatir la depredación y el paleotráfico.
Por otra parte, la norma que contempla su protección es la Ley
28296 (“Ley General del Patrimonio Cultural de la Nación”,
promulgada el 22 de julio de 2004) que la enmarca –a nuestro modo
de ver– en un contexto inadecuado, juntamente con “toda
manifestación del quehacer humano” (Artículo II).
Si las leyes van a regir sobre realidades y campos a los que pretende
normar en su uso social, ciertamente debe conocerlos en detalle para
proponer mediante enunciados su ordenamiento y fomento más apropiado.
Los bienes culturales y naturales observan –nos dice el sentido
común– contextos de formación, conservación
y estudio diferentes y, lógicamente, su tratamiento recae en
especialidades y ciencias distintas que requieren, si no normas independientes,
sí claramente diferenciadas, al menos en estos dos grandes géneros.
Sin lugar a dudas, nuestros legisladores tienen la obligación
de asesorarse técnicamente antes de proyectar y aprobar leyes
que impliquen protección y fomento cultural y científico,
solicitando opinión a las instituciones y especialistas del medio
y aquellos con mayor experiencia en el tema.
En nuestra región, la Argentina es el país que cuenta
con mayor tradición científica autónoma en paleontología,
así como con experiencias valiosas de su puesta en valor in situ
y en grandes centros de investigación y museos. Sirva este pretexto
para señalar lo fructífero y necesario que puede resultar
la interconexión científica entre los países latinoamericanos
que, como sucede con no poca frecuencia en el Perú, miran con
mayores expectativas al hemisferio norte en búsqueda de soluciones
tecnológicas y científicas que muchas veces se encuentran
en la vecindad y con rangos de mayor adaptación a nuestras realidades
sociales y financieras.
Lic. Victor Falcón Huayta
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