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Artículo Publicado en el Periódico Domine Cultural Nº 5

Perú: sonido ancestral y la historia de un doble descubrimiento por Victor Falcón Huayta

Un valle de la costa
A unos 405 Km. al norte de la ciudad de Lima se encuentra un típico valle de la árida costa peruana, Nepeña. Verde únicamente en el espacio que las aguas de su caudaloso río humedece y la inteligencia del hombre ha empujado sobre el desierto desde hace unos cuatro mil años. Límite temporal en el cual la arqueología indica evidencias de la edificación de monumentales santuarios y la gestación de la sofisticada imaginería inspirada en felinos, serpientes y aves poderosas, símbolos principales del panteón mítico andino de todos los tiempos. La región de la costa norcentral del Perú fue escenario de un proceso social que germinó en esta parte de América y que desembocaría en la constitución de uno de los centros originarios de civilización en el mundo.
A principios del siglo XX las tierras fértiles de Nepeña estaban monopolizadas por haciendas (fincas) en manos de terratenientes o consorcios extranjeros que se dedicaban al cultivo intensivo y extensivo de caña de azúcar, producto que era conducido por ferrocarriles cuyo circuito terminaba en los puertos del Pacífico, en donde se embarcaban para el comercio.
Como muchas de las “huacas” de la costa peruana, Punkurí aparentaba ser un pequeño montículo de tierra enclavado en medio de los campos de caña de azúcar de la hacienda San Jacinto a cargo del inquieto y curioso John B. Harrison, un administrador que se dedicaba a fotografiar los hallazgos ocultos que resultaban del destrozo de las huacas de los “gentiles” (precolombinas) con las que se topaba cuando abría canales de riego o tendía vías férreas.

La búsqueda de un tesoro
Una mañana de 1929 Harrison y sus peones decidieron partir en dos a Punkurí atravesándolo con una zanja por su parte más elevada. Pronto descubrieron paredes, cuartos y escalinatas que entusiasmaban a los profanadores. Sin embargo, el hallazgo más impresionante fue el descubrimiento de una enorme y colorida escultura de un felino que mostraba amenazantes fauces y garras, justo en medio de la gran escalinata central del templo, como resguardando la cúspide de la pirámide o lo que se encontraba en ella.
Poco duró la impresión que esta hermosa escultura debió causar entre los rudos peones ya que estuvieron a punto de destrozar la cabeza de la escultura de barro, pero la oportuna intervención de Harrison evitó el despropósito. La dura y tenaz resistencia que opusieron los rellenos de las plataformas del templo y la ausencia de tesoros o tumbas los hicieron desistir en su búsqueda y volvieron a cubrir las hoyos cavados.

Las inquietudes de Julio C. Tello
Julio C. Tello nació en Huarochirí en 1880. Enviado a Lima, se graduó de médico en la Universidad Nacional Mayor de San Marcos siendo uno de los más destacados entre los de su generación. Becado, viaja a Norteamérica y realiza estudios de postgrado doctorándose en Ciencias Antropológicas en la Universidad de Harvard en 1911. A su retorno al país lleva a cabo una intensa actividad en el campo de la arqueología cuyos logros lo han erigido como el arqueólogo paradigmático del Perú.
¿Cómo se cruzan los caminos del administrador de hacienda y el arqueólogo peruano más destacado de su época?. En 1928 Harrison descubre un templo profusamente decorado de relieves policromos de barro en los mismos terrenos de la hacienda San Jacinto; este santuario se llama Cerro Blanco. Los fotografía extensamente y guarda las vistas en un álbum, seguramente como parte de su hobby. Harrison, además, reporta el hallazgo a los propietarios de la hacienda, la empresa británica W. & J. Lockett que, a su vez, comunican del hecho a Tello. Este evalúa el aviso y decide ignorarlo pues suponía que el sitio arqueológico era de la cultura Moche (Daggett, 1987). Por entonces, Tello se encontraba interesado en la búsqueda de testimonios de la cultura que descubriera y que postulara como “matriz de la civilización peruana”: Chavín. En circunstancias en que acepta una nueva invitación a visitar el valle de Nepeña se le muestra al álbum de Harrison en donde, sorprendido, Tello reconoce la iconografía de los murales de Cerro Blanco como “Chavín” (Ibid.). El arqueólogo no olvidaría este dato y sólo faltaba la ocasión o el pretexto para volver y aplicar su oficio, obedeciendo a sus intuiciones y afanes.
En 1933 Tello se encuentra nuevamente en Nepeña y esta vez excava en Cerro Blanco y Punkurí casi al mismo tiempo. Un martes 19 de septiembre Tello se encontraba otra vez frente al poderoso y colorido felino que Harrison había descubierto cuatro años antes. Limpia los hoyos dejados por los primeros excavadores y su intuición de arqueólogo consumado le dice que profundice uno que se encontraba justo al pie de la escultura. No pasaría mucho tiempo para que esta corazonada tenga su confirmación cuando uno de sus peones siente el ruido casi metálico de su lampa al chocar con un objeto de piedra.
La prudencia de Tello en cuestiones de hallazgos le dice que debe cuidarse hasta de sus trabajadores y ordena tapar nuevamente lo que aún no había visto y dejarlo para la jornada del día siguiente. Coloca un guardián que se quedaría a dormir toda la noche junto a la posible tumba asegurándose de evitar “huaqueos” o robos. Los días subsiguientes fueron de una intensa excitación para el arqueólogo que comenzaba a desenterrar los objetos que pensó eran las ofrendas de la primera tumba “Chavín” que excavaba. Estos consistían de un bello mortero y un moledor de piedra decorados con diseños estilizados ejecutados con finas y precisas incisiones del más “puro” estilo Chavín. Un poco más abajo Tello se dio con un objeto de concha, un enorme molusco marino que cubría el cuerpo de una mujer sacrificada en medio de un pasaje profusamente decorado de relieves policromos en las paredes (Bischof, 1994).

Otros objetos y ofrendas fueron desenterrados como parte del entierro-ofrenda que los constructores del templo habían ofrecido a sus deidades para asegurar su favor y el bienestar de la comunidad. Conchas de Spondylus princeps y Scutalus proteus, miles de cuentas de turquesas, restos de cuyes y aves, etc.
Luego de que los sucesos fueran informados y la prensa hiciera eco de los sensacionales hallazgos, los mismos que incluso motivaron la vista de una comitiva oficial por parte del gobierno, Punkurí y Cerro Blanco cayeron en un olvido similar al que, ocultos por la arena, habían mantenido por miles de años. Aunque varios investigadores habían indagado sobre las actividades de Tello en dichos lugares y trataban de reconstruirlos en base a los archivos dejados por éste y las noticias periodísticas, los objetos del entierro-ofrenda habían desaparecido.

Setenta años después
El trabajo en los museos suele ser estimulante para el investigador y aburrido para el burócrata. Aquél se encuentra en permanentes búsquedas y como todo el que busca tiene sorpresas inesperadas, éste cumple cotidianamente una rutina. Entonces es posible que sucedan hallazgos aún en los depósitos de los museos, lo saben muy bien los profesionales que trabajan en ellos.
Por lo general, los museos latinoamericanos a cargo del estado no gozan de presupuestos acordes a su función y las actividades que llevan a cabo priorizan las salas de exhibición –en donde invierten la mayor parte de su magro presupuesto– en detrimento de la organización y modernización de los registros e inventarios de las colecciones que custodian y, por supuesto, de la investigación.
No hay pues un correlato entre los teatrales discursos del político de turno –que encomia la educación y el fomento de la ciencia– y lo que asigna a estos sectores en los programas de su gobierno. Sin embargo, se pueden desarrollar investigaciones de cierto nivel y hasta cierto punto; todo esto nos sabe a una expresión más de subdesarrollo y dependencia lo cual es lamentablemente cierto. Lo sabemos los científicos que trabajamos en el contexto descrito y es bueno que lo sepan los lectores que nos pagan con sus impuestos.
El entusiasmo de un grupo de colaboradores en el estudio y posibilidades de investigación de los materiales arqueológicos malacológicos (moluscos) nos hizo abordar el tema de los grandes gasterópodos marinos y su contexto en hallazgos arqueológicos conocidos hasta la fecha. Recorrimos ambientes que almacenaban este tipo de restos en el Museo Nacional del Perú, reconociendo diversos especímenes entre los cuales se encontraba una huayllaquepa de Strombus galeatus malamente rota y que mostraba el diseño incompleto de una mano algo estilizada. La belleza de la pieza y el diseño que la adornaba nos indicaron inmediatamente su importancia. La única referencia que figuraba en los registros del museo era su procedencia: valle de Nepeña.

Las publicaciones son indispensables para el desarrollo de cualquier ciencia. Los afanes editoriales de los colegas del primer mundo pueden dar fe de ello. Auxilian y asisten en temas y propósitos impensados para sus autores y una publicación de un antiguo texto de Rafael Larco Hoyle (2001 [1938]) vino en nuestra ayuda. Larco había publicado la foto de un extraordinario hallazgo realizado en Punkurí, tomada en circunstancias en que Tello lo había invitado a presenciar su excavación.
Lo demás fue una sucesión de búsquedas y hallazgos excitantes, esta vez en los archivos del Museo Nacional del Perú y de la Universidad Nacional Mayor de San Marcos, instituciones en las cuales Tello se desempeñó durante su carrera.
El fruto de esta búsqueda se encuentra pronto a ser publicado por lo que no detallaremos los pormenores y la secuencia reconstruida del entierro-ofrenda de Punkurí (Falcón, 2004; Falcón et al. 2005). Sólo diremos que la huayllaquepa es el único objeto recuperado del hallazgo de Tello y felizmente contextualizado, lo que multiplica su valor para la reconstrucción de un sacrificio sucedido durante la edificación del templo de Punkurí hace unos cuatro mil años.

Sonido ancestral
Huayllaquepa es voz quechua que denota una trompeta de molusco marino, conocidas también como pututos o “trompetas naturales”. Las especies que suelen usarse para confeccionar este tipo de instrumentos musicales en los Andes Centrales son los gaterópodos: Strombus galeatus, Strombus peruvianus, Malea ringens, entre otras. Todas ellas de los mares cálidos que se extienden desde el extremo norte del Perú a través de las costas de Ecuador y Colombia, llegando hasta México.
Entre las especies mencionadas, el molusco marino de mayor tamaño y densidad es el S. galeatus por lo que el sonido de las trompetas confeccionadas de éste es más potente y grave. Una trompeta de S. galeatus puede llegar a pesar casi dos kilos. En soplo libre la huayllaquepa de Punkurí –ya restaurada– produce un Do #. Puede admitir una variante de hasta un medio tono en el registro introduciendo la mano por el estoma, lográndose un Do natural. Hasta ahora, esta huayllaquepa redescubierta y restaurada en el Museo Nacional del Perú es la más antigua de su tipo en los Andes Centrales y seguramente una de las trompetas de caracol marino más antigua de América. Fue un instrumento de convocatoria y aviso antes que de posibilidades musicales. Su sonido iría acorde con la solemnidad y, a veces, aterradores acontecimientos que se llevaban a cabo en los templos a vista de asombrados feligreses que acudían a las ceremonias esperando propiciar a sus dioses.

Lima, agosto de 2005

Victor Falcón Huayta
Arqueólogo
vfalcon@speedy.com.pe


Bibliografía

Bischof, Henning (1994). “Toward the definition of pre-and early Chavín art styles in Peru”. Andean Past. N°4, pp.169-228. Ithaca.

Daggett, Richard E. (1987).”Reconstructing the evidence for Cerro Blanco and Punkuri”. Andean Past. N° 1, Vol. 1: 111-132. Appendix: 133-163. Cornell University.

Falcón Huayta, Victor (2004).“Reconstrucción del Entierro-Ofrenda de Punkurí. Valle de Nepeña, costa nor-central del Perú”. En prensa. Para la revista Arqueología y Sociedad. Museo de Arqueología y Antropología de la Universidad Nacional Mayor de San Marcos. Lima.

Falcón Huayta, Victor, Rosa Martínez Navarro y Milano Trejo Huayta (2005). “La huayllaquepa de Punkurí. Costa norcentral del Perú”. En prensa. Para la revista Anales. Museo de América. Madrid.

Larco Hoyle, Rafael (2001) [1938]. Los Mochicas. Tomo I. Museo Arqueológico Rafael Larco Herrera. Fundación Telefónica. Lima.

 

 

 

 

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