Artículo
Publicado en el Periódico Domine Cultural Nº 5
El nuevo mundo: Civilización y barbarie
por el Dr. Marcos Cueva Perus*
Para Simone Weil, la barbarie es “un carácter
permanente y universal de la naturaleza humana, que se desarrolla más
o menos según las circunstancias que le permiten entrar en juego”.
Para Weil, si la distribución de fuerzas en una sociedad ya no
puede refrenarla, la barbarie –un mal radical- puede resurgir.
En esta perspectiva, no existe una línea recta en la Historia
de la Humanidad que asegure el paso definitivo e irreversible de la
barbarie a la civilización. En distintas sociedades, ambos elementos
coexisten de modo latente y contradictorio: con el nacional-socialismo
alemán quedó demostrado en el siglo XX que la modernidad
y el progreso no representan una garantía contra el derrumbe
de los pilares de la civilización. En la primera mitad del siglo
XX, que el historiador británico Eric Hobsbawm bautizó
como la “Era de las Catástrofes”, la barbarie se
apoderó del mismo continente de las Luces, el humanismo y la
creencia en el progreso.
La Conquista del Nuevo Mundo, en el Sur como en el Norte, tuvo mucho
de barbarie, aunque Occidente no haya querido reconocerlo. Por si fuera
poco, las civilizaciones y las comunidades precolombinas, que hoy son
objeto frecuente de idealización, también encerraban fuerzas
bárbaras: algunos pequeños grupos practicaban el canibalismo,
mientras los aztecas llevaban a cabo sacrificios humanos y los incas
solían tener un trato cruel con los vencidos en las guerras,
como ocurriera en el norte del actual Ecuador, donde miles de indígenas
adolescentes sometidos por el poder incaico fueron decapitados y ahogados
en la que desde entonces se conoce como Yahuarcocha (“laguna de
sangre”). Eventos cruentos ocurrían también entre
las variadas tribus del Norte americano. Contra lo que se adujera en
1992, no habían transcurrido 500 años de resistencia pura
contra el invasor español: antes de que éste llegara a
América, el mundo prehispánico, aún con todas sus
riquezas materiales y espirituales, distaba mucho de ser idílico.
Hasta hoy, algunos grupos étnicos de América Latina mantienen
algunas costumbres bárbaras, entre las que se encuentran ciertas
formas de castigo contra quienes transgreden las normas comunitarias.
En el fondo, fueron la antropología y el turismo modernos, sobre
todo de origen estadounidense (es Estados Unidos un país sin
raíces), los que contribuyeron a mitificar a las comunidades
indígenas del subcontinente y algunas del Norte.
La Conquista de América fue sin duda bárbara: en poco
más de un siglo luego de la llegada de Colón, una auténtica
hecatombe se produjo entre los vencidos en el Sur. Durante siglos, los
pioneros y los colonos en el Norte se encargarían también
de exterminar a los nativos, hasta encerrarlos en reservaciones. En
el Norte como en el Sur se utilizó con frecuencia la traición
a la palabra dada: los colonos del Norte desconocieron mediante el fraude
muchos tratados con los indígenas, del mismo modo en que los
conquistadores españoles engañaron a Moctezuma y Atahualpa.
Ni la religión protestante, que no engendró humanismo
alguno, ni la católica, aunque encontró excepciones entre
los jesuitas del actual Paraguay o en figuras como Las Casas y Vasco
de Quiroga, pudieron en realidad justificar la barbarie fundadora del
continente americano.
En todo esto, las sociedades del Nuevo Mundo se distinguen de otras
civilizaciones. Aunque acosados por las invasiones bárbaras,
los romanos dejaron un legado universal, luego de la caída del
Imperio. Cierto es que, en Roma, el “bárbaro” era
el extraño habitante de los confines del Imperio, y que venía
“de fuera”. Pero Cicerón y Tácito tuvieron
ya la intuición de que el bárbaro no era por fuerza la
figura del Otro, el extranjero: en la propia cultura romana podían
existir los gérmenes del mal radical.
Europa no se vio acosada durante mucho tiempo por la barbarie, y los
musulmanes impregnaron el Sur de un auténtico aporte cultural.
Los rusos resistieron numerosas invasiones, entre ellas las de los mongoles,
sin perder su fisonomía propia, del mismo modo en que, ya en
el siglo XX, consiguieron expulsar al invasor alemán. China,
nunca colonizada del todo, se vio obligada desde el siglo XIX a someterse
a varias potencias extranjeras, pero no perdió la herencia de
una civilización milenaria. Tampoco fue el caso de la India.
En Africa, el tráfico de esclavos, transportados hacia el Norte
y el Sur de América, también fue prueba de la barbarie
occidental. Con todo, pese a la sangría, las comunidades y las
costumbres africanas no fueron destruidas del todo. La Conquista del
Nuevo Mundo fue así la única que arrasó –sobre
todo en el Norte- con todo lo que encontraba a su paso, con frecuencia
por ignorancia. De este modo, el continente americano se quedó
sin defensa ante las incursiones foráneas. Cuando la piratería
se instaló en el Caribe, por ejemplo, no quedaba ya el menor
rastro de las antiguas comunidades indígenas.
En el siglo XIX, la Conquista de la “frontera”, en Estados
Unidos, pero también en países como Brasil y Argentina,
hizo el resto: para los criollos y sus descendientes, los grupos indígenas
sobrevivientes eran poco menos que bárbaros, y fue en un contexto
como éste que vio la luz la obra de un Sarmiento. Hasta hoy,
en el caso de Brasil, el arrinconamiento de los últimos grupos
nativos prosigue, sobre todo en la Amazonia. Y en Estados Unidos, las
reservaciones indígenas, con importantes recursos naturales,
también son objeto de codicia, pese a resistencias como las de
Wounded Knee y Pine Ridge, hace ya varios años. Algunos grupos
nativos han intentado en vano adaptarse a una “civilización”
que tiene en realidad rasgos depredadores, en los que participan ahora
numerosas corporaciones transnacionales.
Después de un siglo relativamente pacífico (el “largo”
siglo XIX), la barbarie se enseñoreó, como ya se ha dicho,
en el continente europeo. Desde 1917, al bolchevismo ruso se le retrató
como si de una nueva amenaza bárbara se tratara: el ruso era,
en muchos afiches de propaganda, apenas un cosaco cruel y sanguinario,
dispuesto a acabar con Occidente y la “civilización cristiana”.
El enfrentamiento entre dos sistemas, el capitalista y el socialista,
se convirtió así en el equivalente de la lucha por la
sobrevivencia de la civilización contra la barbarie. Y ciertamente,
la Unión Soviética adoptó rasgos de despotismo
oriental. Pero la verdadera amenaza surgió con el nacional-socialismo
alemán, en un país –Alemania- que había hecho
en el pasado significativos aportes a la cultura universal, desde la
literatura hasta la música. Con el holocausto, el sometimiento
de numerosos pueblos y el exterminio en masa, el fascismo dejó
en claro que la Humanidad, pese a todo el optimismo del siglo XIX, no
se encontraba protegida contra el regreso del oscurantismo y la crueldad.
El economista egipcio Samir Amin ha podido llamar así el periodo
1914-1945 la “nueva Guerra de Treinta Años”, por
referencia a la peste medieval. Desafortunadamente, algunas potencias
europeas toleraron el ascenso de Hitler al poder con tal de vencer al
bolchevismo.
Durante la Guerra Fría, el tono del enfrentamiento entre el Oeste
y el Este no cambió demasiado, salvo en los periodos de coexistencia
pacífica. Ya durante las administraciones Reagan, en los años
’80 del siglo pasado, la lucha contra Moscú se convirtió
en una “cruzada” contra el “Imperio del Mal”.
No fue tanto una defensa de la civilización y la cultura universal:
se trató sobre todo de la ofensiva del “mundo libre”,
a diferencia de lo que podrían haber hecho los países
de Europa Occidental, subordinados a Washington. El triunfo y la euforia
se convirtieron en la expansión de la democracia y el libre mercado
por doquier, pero el problema de la civilización quedó
en segundo plano.
Como es sabido, en Estados Unidos, el país del capitalismo puro,
no se creó una auténtica cultura colonial. Para finales
del siglo XIX, con la derrota del populismo agrario, la cultura popular
estadounidense comenzó a verse rebasada cada vez más por
los fenómenos de masas. Si acaso, sobrevivió el aporte
popular de la cultura negra (afroamericana), invaluable para los propios
Estados Unidos y para la cultura universal, sobre todo en la música
(con el blues y el jazz como precursores). En la gran sociedad de masas
del Norte, la cultura popular ha permanecido a duras penas: no debe
ser confundida, en todo caso, con el fanatismo puritano que se ha apoderado
en los últimos tiempos de buena parte del territorio estadounidense
y de algunas esferas gubernamentales, y que ha decidido gobernar al
mundo con la “misión divina” del “pueblo elegido”
desde la formulación del Destino Manifiesto, a finales del siglo
XIX.
En el Sur del continente americano, la cultura popular, resultado de
la fusión entre lo precolombino y lo español (y en algunos
casos con el aporte africano), logró cierta sedimentación
durante la época colonial. Esta sedimentación es visible
hasta hoy, puesto que, pese al deterioro y el turismo, numerosos establecimientos
de origen colonial han conservado su funcionalidad, aunque en ocasiones
se esté perdiendo. A diferencia de lo sucedido en el Norte, ciertos
fragmentos inorgánicos de la cultura indígena lograron
reconstituirse y adaptarse al cambio impuesto por los colonizadores.
No por ello lo indígena ha conseguido hacer un aporte a la cultura
universal: las artesanías, por citar un ejemplo, no lo son, como
tampoco ciertas formas adulteradas de vida comunal. Desde América,
lo español tampoco aportò por si solo a la universalidad.
Es solo en el siglo XX, con el convencimiento del mestizaje y de una
lengua única (con la excepción apenas matizada de Brasil),
que los latinoamericanos y caribeños consiguieron “salir
al mundo” y proyectarse en él, en especial con la literatura
y la música, con todos sus sincretismos, pero también
con el rescate del pasado colonial y decimonónico. Curiosamente,
la cultura popular, campesina sobre todo, logró hasta hace poco
sobrevivir con un dejo de aristocracia que puede encontrarse por ejemplo
en el habla colombiana. En perspectiva, y pese a la “americanización”
reciente con los medios de comunicación de masas (sobre todo
por el impacto televisivo), la cultura popular pareciera haber resultado
más robusta en el Sur que en el Norte del continente. Es probable
que también haya contribuido al sincretismo y la sobrevivencia
de la cultura popular una Iglesia católica en muchos aspectos
(no en todos) más tolerante (pese a las jerarquías) que
el puritanismo anglosajón. Un cambio político de origen
popular se antoja imposible en una sociedad como la estadounidense.
Sigue siendo posible, dentro de ciertos límites, en América
Latina y el Caribe.
La civilización, a la que el Sur del continente aspira, se caracteriza
entre otras cosas por la capacidad para la reflexividad, de la que carecen
los bárbaros. Para afianzar esta reflexividad, la cultura latinoamericana
y caribeña cuenta aún con muchos recursos. Por el impacto
de los fenómenos de masas y los medios de comunicación,
y por la distribución de fuerzas sociales que está en
juego, Estados Unidos pareciera haber perdido dos cosas: la capacidad
para hacer aportes civilizatorios, y para la misma reflexividad, en
un país que ya no es capaz de mirarse a sí mismo con cierto
distanciamiento. Desde el punto de vista cultural, el futuro latinoamericano
no está en la imitación ni en la mayor integración
cultural con Estados Unidos. Desde esta perspectiva, también
resulta limitada la idealización de “lo indígena”
(frecuente entre las clases medias y los intelectuales) y de las “minorías”
que el multiculturalismo ha puesto en boga, pasando por alto la herencia
mestiza mayoritaria del subcontinente y su capacidad para integrar,
así sea de manera precaria, los aportes de las más distintas
latitudes (hasta la comida china en algunos países como Panamá,
por citar solo otro ejemplo). La herencia cultural latinoamericana y
caribeña, colonial en particular, no tiene por qué convertirse
en un patrimonio muerto para consumo exclusivo del turismo local y foráneo.
Por fortuna, el subcontinente americano tiene mayores capacidades de
repliegue sobre el pasado (así sea el colonial) que el Norte.
El arte del pronóstico siempre es difícil, y sería
precipitado afirmar que Estados Unidos se ha convertido hoy en el origen
de nuevas barbaries, por más que no falten incluso las comparaciones
con la Roma imperial, en las que algunos ideólogos estadounidenses
se sienten a sus anchas. Con todo, no está de más ser
vigilantes sobre los efectos de los fenómenos de masas, que niegan
lo que las propias potencias occidentales quisieran promover, en particular
el florecimiento de todos y cada uno de los individuos de una sociedad.
Con sus enormes problemas, el mundo de principios del siglo XXI es quizás
mucho más feliz que el del siglo XX: el destierro de la barbarie
siempre latente en la naturaleza humana y la defensa de la civilización
contra la “libertad de indiferencia” no han dejado por ello
de estar a la orden del día.
(*) Instituto de Investigaciones Sociales
Universidad Nacional Autónoma de México
E-mail: cuevaperus@yahoo.com.mx