Artículo
Publicado en el Periódico Domine Cultural Nº 5
Crónicas de amores recoletos por
Ana Leguísamo Rameau
Hace tiempo atrás en Buenos Aires y en el mundo
entero daba miedo morir. No es que hoy sea placentero hacerlo pero los
adelantos de la ciencia nos enseñan que en la actualidad los
avances nos dan pequeños remedios para tomarnos con filosofía
ciertas historias que antes nos causaban terror.
El cementerio de la Recoleta, fundado en 1822, era originariamente un
convento de frailes llamados Recolección franciscana. Este lugar
es hoy uno de los sitios oriundos más ricos en historias ocultas
para argentinos y turistas. La catalepsia, los muertos que regresan
y las ceremonias forman parte del folklore recoleto. Sucede que allí
muchos protagonistas cayeron en la muerte dudosa y, según relata
el historiador Eduardo Lazari, integrante de la Junta de Estudios Históricos
del Buen Ayre (Jehba), existen leyendas curiosas que entretienen al
público.
En los archivos semi olvidados de lo oculto no faltan crónicas
como la muerte de Luz María Velloso, hija de Enrique García
Velloso, el primer presidente de la Casa del Teatro. Luz falleció
de leucemia a las quince años en la década del `20, y
su madre, presa del dolor, ordenó un espacio en el mausoleo donde
dormir junto a los restos de su hija.
Aquí, en el Cementerio de la Recoleta, don Juan Manuel de Rosas
enterró al coronel Manuel Dorrego, un año después
de su muerte, y reservó parcelas para sus amigos íntimos
Pedriel, Estomba, De la Peña, Deán Funes, Marcos Balcarce
y Cornelio Saavedra, los que integraron el "Panteón de los
Ciudadanos Meritorios". Y si a don Juan Manuel de Rosas nos remitimos,
no podemos soslayar a Agustina López de Osornio, madre de éste,
y mujer de extraordinaria personalidad, pero sensible y caritativa.
Lucio V. Mansilla recuerda a muerte de la misma: “Mandó
que se la enterrara en el cementerio público, en un cajón
ordinario, sin otra ceremonia que una misa de cuerpo presente para la
que no habría convite. Y también consecuente con su carácter
imperativo, dispuso de sus bienes contra lo que mandaba la ley, de manera
que tres nietos huérfanos a los que privilegiaba su afecto heredaron
la mayor parte de su fortuna. Esta monstruosidad legal -calificada así
por Mansilla - fue acatada sin protesta alguna por sus hijos obedientes
y subordinados ,aunque el primero de ellos fuera el propio don Juan
Manuel, entonces todopoderoso gobernador de Buenos Aires”. Doña
Encarnación Ezcurra, en cambio, llevó en su ataúd
el sayal blanco de los Dominicos y, al cuello, el escapulario de la
Hermandad de los Dolores. No eran éstas excepciones pues representaban
una costumbre muy extendida desde los tiempos coloniales.
También Rufina Cambaceres, alias La dama de blanco, guarda una
historia peculiar en las páginas ocultas porteñas, y éstas
revelan que la joven, a sus diecinueve años (1902), fue presa
de una confesión al enterarse que su madre había sido
la amante de su novio. Tras esta noticia, Rufina sufrió un paro
cardíaco que la llevó a la tumba, y fue sepultada viva
tal como se comprobó al otro día del sepelio al hallarla
fuera de su cajón, sin vida. También relataron algunos
vecinos, ésta fue hallada muerta y abrazada a las rejas del cementerio.
La difunta había sido hija del poeta Eugenio Cambaceres y Luisa
Bacichi. Según cuenta la historia, su madre era amante de Hipólito
Irigoyen. Omar López Mato, autor de Ciudad de Àngeles
(historias del Cementerio de la Recoleta), revela: “Después
del veloz entierro (no hubo velatorio) un familiar visitó su
tumba y descubrió un leve desplazamiento del ataúd. La
leyenda cuenta que cuando lo abrieron, encontraron golpes y rasguños
en la cara de Rufina, provocados, quizás, en su intento por escapar.
¿Había sido enterrada viva? La versión de la catalepsia
empezó a correr en la Buenos Aires de 1903, sobre todo por la
escultura de una joven abriendo la puerta de la tumba que decora aún
hoy la bóveda. ¿La estatua dio lugar a la leyenda? ¿O
fue al revés?
Quizás el alma en pena de Rufina sea la dama de blanco que muchos
juran haber visto vagando por la Recoleta”.
El anecdotario porteño también recuerda a Elisa Brown,
quien fue la hija del almirante Guillermo Brown. Elisa perdió
a su novio, el capitán Francisco Drumond, durante una batalla
de la Guerra con el Brasil, en 1827, a pocos meses de su casamiento.
Con profundo dolor y desesperación, ante su pérdida, se
arrojo al río con su vestido blanco de novia, el mismo que estrenaría
para el día de su boda, y se suicidó.
La tumba de Alfredo Gath, también permanece en el cementerio
porteño. Gath fue uno de los dueños de la tienda Gath
& Chaves, quien temía ser enterrado vivo. De este modo, preparó
un féretro previsible diseñado a su antojo pues se abría
por dentro con una pequeña campanilla. Por supuesto ésta
fue probada muchas veces pero lo cierto es que no fue necesario utilizarla
ya que Gath falleció de muerte natural.
Muchas personalidades relevantes de nuestra historia hoy duermen en
el Cementerio de la Recoleta. Leyendas o crónicas particulares
de amores imposibles que engalanan las antiguas páginas relucen
con profunda fuerza desde sus tumbas. El alma permanece viva en las
paredes y en las vivencias de aquellos turistas que nos visitan y, aunque
los historiadores, políticos o familias de la alta sociedad han
permanecido alerta para no delatar los vínculos de la vergüenza,
el amor y desamor, hoy reaparecen con ímpetu para enseñarnos
relatos del más allá que se aferran a los muros de la
historia argentina .