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Artículo Publicado en el Periódico Domine Cultural Nº 4

Ante la campaña electoral por J. M. de Lorenzis

El análisis del enunciado de una nueva campaña electoral motiva este intento de aportar reflexiones nacidas desde la observación de tantas décadas de desencuentros entre los argentinos, con el objeto de lograr de lado los temas perimetrales, y, de una buena vez por todas, dedicar nuestros pensamientos y esfuerzos a los temas de fondo.
El ejercicio de la democracia, muy declamada en sus enunciados, pero muy poco ejercida en la realidad de su concepto institucional, nos ha expuesto a todos, absolutamente a todos, a considerarnos dueños de verdades absolutas, desdeñando toda otra opinión que difiera con nuestras propuestas.
Así, en aras de la pretendida declamación del concepto de la democracia y la defensa y afianzamiento del mismo como un objetivo sano, y digno de apoyo, concepto que defendemos y coincidimos en su enunciado, hemos perdido el horizonte de la República.
Es que, por divisiones y preconceptos, oportunistas siempre, nos hemos olvidado que el ser argentinos nos obliga a considerar a todos los integrantes de las distintas opiniones como integrantes de una sociedad a la que todos pertenecemos y que, sin distinciones de ideologías, deseamos consolidar y lograr un pleno desarrollo en paz y procurando el bien común.
A contrapelo de ello, la realidad nos muestra agresiones de los unos contra los otros, que se consideran mutuamente como si fueran engendros de civilizaciones demoníacas que solo desde la apatricidad conciben la política como su medio de destruirse y, a la vez, de aniquilar nuestra Nación.
Porque la República Argentina, no obstante tantos torpes intentos de destruirla, es ésta, la que fue, la que es, y la que será.
El concentrarnos en una campaña política concebida desde la propuesta de los hombres y no de los temas, no hacemos ningún bien al concepto de fondo de la democracia.
Porque no se trata aquí de discutir a quienes, sino, fundamentalmente, el para qué los vamos a elegir.
Y aquí, a tan pocos meses de las elecciones, nadie trata estos temas, y así, preferimos concentrar la campaña electoral en el encumbramiento de hombres y mujeres, que, seleccionados desde la necesidad de contar con nombres conocidos por su fama, presentamos a la sociedad a quienes, en el fondo, no tienen la menor idea de que van a hacer el día que asuman sus cargos, pero que hoy aceptan sus presuntas candidaturas alegremente y sin medir la cuota de responsabilidad que les caerá encima al día siguiente del comicio.
Y cuando enuncio esto, lo hago recurrentemente en el anhelo de dejar de lado lo volitivo de la Argentina querible que todos deseamos, para analizar los temas que hacen a la posibilidad de encarar eficientemente las soluciones al fondo de las falencias de nuestros problemas como sociedad.
Y, porque el camino de la grandeza política no pasa por el dislate de la defenestración de los unos, o de los otros, simplemente porque son merecedores del etiqueteo que los señala como integrantes de un determinado partido político, o porque en su momento fueron partícipes de otras épocas u otros gobiernos.
Sacando entonces a los delincuentes, que no dudo que todos los gobiernos tuvieron este tipo de personajes en sus elencos, sigo insistiendo en el rescate de los honestos, que también estuvieron en absolutamente todos los gobiernos que tuvo nuestro país desde su nacimiento como tal.
El circo romano del etiqueteo devastador y de la inútil injuria ha desalentado a los honestos, que, a la postre vieron sus esfuerzos y desvelos metidos en la misma bolsa con las acciones de quienes, desde sus cargos, medraron con los mismos en provecho propio, y en detrimento de la posibilidad de lograr soluciones para cada área de la cosa pública en las que les tocó tomar decisiones.
Esta es la primera lección que debemos todos asumir desde todos los sectores de la vida nacional, para que este desaliento de hoy que indudablemente priva del talento de hombres y mujeres de bien que nada tienen que ver con ambiciones circunstanciales de la política convertida en politiquería circense, muy hábilmente instrumentada por los manipuladores mediáticos del sentido común, no se transmita a los honestos de los cuadros del mañana.
A ellos les debemos el concepto de que la Argentina siempre estuvo gobernada por seres humanos, y, como tales, falibles, que intentaron con todas sus fuerzas solucionar problemas extremadamente difíciles, y a la vez, cerrar errores cometidos, con dolo o con culpa, por los eres, también humanos y falibles, que los precedieron.
Por eso, a los delincuentes no hay duda que les cabe el desprecio y la descalificación, para no permitirles reincidir en sus tropelías.
Pero la Argentina, la de todos, nos convoca hoy a los temas y no a los hombres.
Por eso, no malgastemos esfuerzos en la crítica, y, antes de ello, tratemos de juntar esfuerzos en los proyectos lúcidos que, presentados coherentemente a una sociedad harta ya de planteos volitivos e inocuos, den respuesta a la urgencia de contar con una serena reflexión, desde la avidez del descubrimiento de soluciones que hagan enfocar la campaña electoral hacia la construcción de coincidencias de fondo que muestren caminos convergentes y no simplemente disidencias de nombres.
Es necesario , hoy más que nunca, la modificación de códigos que hacen de la elección una falacia folklórica que no tiene otro destino que el voto cuantitativo de quienes, sin duda, van a ejercer su derecho democrático de poner su voto, sin tener la menor idea de los temas concretos, y mucho menos, siquiera del nombre y conocimiento del número dos de la extensa lista de candidatos por la que, disciplinariamente, sea por el "religo partidario" o por la fama adquirida desde lo simplemente mediático, serán objeto de su sufragio.
La comunidad lúcida tiene la responsabilidad hoy de asumir el desafío de la creación de nuevos mensajes que, en su contenido, antes que nombres, procuren conceptos, y antes que urgencias partidarias, rescaten el sentido común, la confianza en la cosa pública, el desafío a la actividad privada honesta, y la diferencia entre la política, la politiquería, la democracia y la República.
Porque reniego del facilismo, porque siempre estaré en el respaldo del carenciado, pero, a la vez, en el absoluto desprecio por el vago, es que van estas reflexiones desde saber que, "desde atrás del mostrador" el tema es muy difícil, y ahora se necesita urgentemente demasiado talento disperso para afrontar vías de restablecer la paz y la confianza mutua entre quienes gobiernan y los gobernados.
Porque creo en los temas y las ideas antes que en el simple enunciados de los nombres de candidatos, van a quienes lean estas reflexiones la esperanza de que se las considere constructivas, porque está en peligro nuestra patria, y porque creo sinceramente en que todos los argentinos, sea cual fuere nuestra ideología, no queremos que el caos, azuzado folklórica, irresponsable y mediáticamente, impere en nuestra sociedad.
José María De Lorenzis
Ex Subsecretario de Cultura de la Nación
Enrique Guillermo Avogadro
Abogado
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