Artículo
Publicado en el Periódico Domine Cultural Nº 2
Las nuevas tecnologías y el papel
del estado por Fabián Banga
Es evidente que las distintas ideologías del siglo
XX diseñaron el mundo que hoy tenemos. La ideología fue
un factor elemental en la primera guerra mundial, como así también
en la segunda. La ideología fue un punto esencial en los avatares
de la guerra fría. Hasta uno llegaría a pensar que las
características que desencadenaron esta cruzada norteamericana
en oriente tiene a la ideología como factor fundamental. Este
choque de culturas, poco tiene que envidiarle a la colisión entre
Europa y el mundo Árabe en el año 711 en tierras de España.
Pero si uno enfoca detalladamente las transformaciones del mundo presente
en los albores del siglo XXI, otro factor trascendental comienza a tener
una relevancia sin precedentes por la magnitud, las implicancias y el
dominio que éste propone: el tema de las nuevas tecnologías.
Estas nuevas tecnologías no se limitan al espacio del internet,
que aún está en camino de ser desarrollada plenamente
en países como el nuestro. Me refiero a tecnologías de
vanguardia que en muchos lugares del mundo aún ni se ha comenzado
a enseñar o investigar en las universidades. Dentro de ese campo
de estudio en pleno auge se encuentra la nanotecnología. En una
simple y apresurada definición, se podría decir que la
nanotecnología está relacionada con la habilidad de manipular
átomos y moléculas para la construcción de materiales
o máquinas. Lo interesante y singular de esta área de
la ciencia es que se mueve en mesuras minúsculas, la medida es
el nanómetro. En un metro entran mil millones de manómetros;
es decir, una milésima parte del grosor de un pelo humano. Las
posibilidades que presenta esta nueva tecnología son inimaginables.
Desde la construcción de supercomputadoras del tamaño
de un anillo, hasta nuevos materiales, autos inteligentes, medicinas
que reconstruyen tejidos, y la posibilidad de construir alimentos en
aparatos que hoy solamente se ven en películas de ciencia-ficción.
Pero los resultados no se verán inmediatamente. Los expertos
en estos temas proponen que quizá los resultados significativos
comenzarán visualizarse a fines de siglo.
Pero ya muchos países comenzaron a ver las posibilidades, y sobre
todo la rentabilidad de semejante tecnología, y comenzaron con
iniciativas gubernamentales que promocionan y motivan este tipo de investigación.
Así como el Reino Unido, Estados Unidos está tomando la
delantera. Más aún, regiones como California han tomado
un empuje y liderazgo tan claro que se han formado espacios como el
North California Nanotechnology Initiative; sin quitar que también
exista un National Nanotechnology Initiative en los Estados Unidos en
el ámbito nacional. The Small Times, website de noticias sobre
tecnología, en un artículo de Ann Arbor el 12 de marzo
del 2003, formula que es tan significativa la aparición de esta
tecnología que la National Science Foundation proyecta que habrá
un mercado de $1 billón de dólares anuales solamente en
nanotecnología para el 2005.
En este contexto, más allá de cualquier realidad política
o partidista, la iniciativa de la administración del presidente
Kirchner de invertir más en las ciencias y las universidades,
es alentadora. Porque la universidad tiene que contar con una fuerte
subvención y apoyo del estado no sólo para la prosperidad
de la institución sino también para el progreso conjunto
de la sociedad. El mercado local tiene que entender esto también
y sincronizarse con esta realidad. En este entorno se podrá visualizar
claramente por un lado aquellas fuerzas del mercado que buscan un proyecto
fértil a largo plazo y que cuente con un horizonte de bienestar
nacional, y por otro aquellos capitales golondrina que infectaron la
Argentina de los 90s buscando ganancias rápidas y poco sustentables.
Estos nuevos horizontes moverán a la Argentina a su camino tradicional
de fuertes instituciones de estudios e investigación que la caracterizaron
tan claramente a mediados de siglo. Pero dentro del marco de una universidad
libre y no comprometida con el mercado; sí interrelacionada con
el mercado con una perspectiva sustentable y con el bien común
como meta.
¿Pero hay planes y proyectos concretos que pueden funcionar como
guías? En relación a este tópico de la ciencia,
las universidades y la política, hace ya algunos años,
salió un artículo de opinión en Página 12
titulado “La ciencia ausente” por R. Fernández Prini,
Noé Jitrik y Otilia Vainstok (2). En este artículo se
discutía la importancia de la ciencia y las investigaciones en
nuestro país. En un momento en el artículo se propone
lo siguiente: “Si bien continúa siendo cierto que ‘sin
industria no hay nación’, actualmente, también es
cierto que sin ciencia no hay nuevas tecnologías y no hay industria
con ventajas competitivas dinámicas y tampoco hay nación.”
Si bien el artículo tiene una vigencia importante para el momento
que vive nuestro país, es interesante notar que similares preocupaciones
y similares propuestas se están generando en diferentes latitudes
del mundo. La tecnología y las investigaciones tienen que cumplir
un papel importante en la búsqueda de soluciones a las duras
realidades económicas que están sufriendo distintas regiones
del planeta. Una de estas adversas realidades, es la que está
sufriendo California en el campo de la investigación y enseñanza
universitaria. Hace ya algún tiempo me tocó asistir a
un congreso en San Diego organizado por el California Virtual Campus
(www.cvc4.org) en el que se ofreció un gran numero de conferencias
relacionadas al uso de distintas tecnologías en el campo de la
educación universitaria, lo que en ingles se conoce como instructional
technology. Un tema rondó charla tras charla, discusión
tras discusión: “¿cómo las nuevas tecnologías
pueden abaratar costos y mejorar el proyecto educativo? California confronta
uno de los cortes en el presupuesto para el campo educativo mayor de
su historia. La investigación académica enfrenta realidades
similares. Para muchos, la tecnología puede llegar a ayudar a
abaratar gastos si se plantea un proyecto coherente que busque alianzas
y desburocratice el control de las tecnologías. Estos objetivos
se concretarían agilizando la construcción de consorcios
integrados por múltiples universidades que compartan sus recursos
tecnológicos y que se enfoquen en los objetivos que se quieren
lograr, en lugar de invertir capital en una forma anárquica e
ineficiente. Sobre este problema se puede hablar desde la experiencia
de los 90’s, cuando California comenzó a desarrollar espacios
de investigación extremadamente costosos que produjeron resultados
adversos. Un ejemplo de esto fue la creación de centros de investigación
sobre instructional technology que producían herramientas de
trabajo que daban la impresión de ser extremadamente versátiles
y efectivas pero que en realidad eran utilizadas solamente por un pequeño
grupo de la población universitaria. Esta desconexión
entre progreso tecnológico y uso concreto en el campo educativo
se generó por la disociación que había entre los
que producían y manipulaban estas tecnologías, y los que
finalmente la implementaban.
De esta experiencia muchos proponemos volver a poner la tecnología
en manos de los que la usan cotidianamente y no bajo la tutela de aparatos
burocráticos que no entienden mucho de éstas y basan sus
decisiones sobre proyectos desconectados de la realidad de las áreas
que ellos mismos parecieran estar coordinando y asistiendo. Esta idea
vuelve al artículo de Prini, Jitrik y Vainstok, en donde se propone
que “En estas circunstancias es especialmente importante que quien
sea llamado a dirigir el sector sea elegido en virtud de sus méritos
intelectuales y de la claridad ética de su trayectoria personal”.
Esta afirmación no solamente es acertada desde un punto de vista
moral, sino también desde un punto de vista práctico.
Que los burócratas busquen perpetuar su afianzamiento en el poder,
es tema que no tendría que sorprendernos ya que es una realidad
que se presenta a lo largo de la historia en prácticamente todas
las culturas. El mismo imperio en estos momentos no es una excepción.
Lo que habría que entender, y sobre todo tendrían que
entender los espacios de poder, es que si no se proyecta un objetivo
concreto que proporcione resultados, no habrá tecnología
alguna para burocratizar. Tecnologías (como el Internet que conocemos
hoy en día) se generaron de una forma inadvertida en espacios
independientes, dirigidos por gente que era sobresaliente en su campo.
Se tomó algo que estaba quedando obsoleto en tiempos post-guerra
fría y se comenzó a adaptárselo a las necesidades
de investigadores que trabajaban en sótanos de universidades
y en garajes de suburbios de California. El papeleo y los políticos
llegaron después.
Fabián Banga es director del departamento de Artes y Humanidades
de la Universidad Vista College, en Berkeley, California, y profesor
titular de lengua y literatura castellana en el mismo departamento.
Doctorado en Literatura Hispanoamericana en la Universidad de California
at Berkeley (2004), su tesis doctoral se titula: Brujos, espiritistas
y vanguardistas: la representación del esoterismo y el espiritualismo
en las obras de Roberto Arlt, Vicente Huidobro y Ramón del Valle-Inclán
(en proceso de publicación). Es coeditor de la revista literaria
everba (www.everba.org), como así también miembro del
comité directivo del Foreign Language Association of Northern
California. Es también asesor de varios grupos académicos
en el uso de tecnologías relacionadas con el internet. Ha publicado
más de 60 artículos de crítica cultural y literaria
en distintos diarios y revistas de crítica tanto de Argentina
como de los Estados Unidos. Su primer libro se titula Imágenes
Fragmentadas (Ediciones UNL, 2004, Santa Fe) y encara el tema de los
imaginarios culturales en la Argentina.