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Artículo Publicado en el Periódico Domine Cultural Nº 1

El Arca de Valentín Serov por Víctor Dabove

Poco o nada se conoce de la pintura rusa a excepción de los artistas vanguardistas adherentes a las corrientes de París, Viena o Berlín como lo fueron Kandinsky, Malevich, Sarián, Filonov o Vladimir Tatlín.


La crítica y la historia del arte han tratado a los artistas de la tradición rusa, sean naturalistas, realistas, impresionistas o historicistas como Fedor Bruni o Karl Briulov (Verdaderos pares de Gros y David) de pintores menores, académicos o poco originales, olvidando que buen parte de la Rusia europea, creció e intercambió fluidamente su cultura desde el siglo XVIII con el resto de Europa. En pocas palabras, la soberbia centro europea perpetró una actitud de superioridad desde su hegemonía qeopolítica absolutamente fascista e impostada, salvo contados intelectuales y artistas que supieron ver en aquella pintura, el espíritu vibrante de un paisaje singular. Por otro lado desde Pedro el Grande, la utopía del hombre ruso apostando sus ojos en Europa, contribuyó también a acentuar este profundo error conceptual. Estas son, en apretada síntesis, las causas por las cuales se desconoce e ignora tanto el enorme acervo de la pintura rusa, por ejemplo, la personalísima obra romántico- simbólica de Mijail Vrubel, el sorprendente colorido del expresionismo lírico de Petrov Vodkin o la singular impronta testimonial de Moiseienko.

Entre tantas figuras proverviales, aparece un artista paradigmático que representa la visagra de una época: Valentín Serov. Alumno de Ilia Repin, otro de los grandes pintores que supo captar, tanto en el retrato como en la pintura histórico testimonial, la psicología y la intencionalidad de sus personajes. Serov adquirió un dominio absoluto de su oficio, superando a su maestro en una contenida pero inédita apertura a la modernidad.

Valentín Serov hizo ingresar a la pintura rusa, en el arte del siglo XX. En medio de la influyente Sociedad de Exposiciones Ambulantes, nuestro artista, fue el primer pintor en atreverse a crear obras de inspiración impresionista. “La joven de los duraznos” y “La muchacha iluminada por el sol”, no sólo son ejemplos de frescura y espontaneidad sino también de una sutil y ajustada precisión del dibujo. Esta solvencia en la elaboración de cada instante y actitud de los modelos, lo llevó a ser uno de los más interesantes retratistas rusos de fines de siglo XIX y comienzos del XX. Entre 1890 y 1900, Serov realizó innumerables retratos de mediano y gran formato. Esta actividad le resultaba particularmente difícil, pero no desde el punto de vista técnico, sino desde el enfrentamiento psíquico y emocional de sus modelos. “Hacer un retrato es para mí tan doloroso como una enfermedad”, decía. El compromiso y la entrega a esta tarea, lo involucraba hasta la más íntima de sus fibras espirituales. Cada uno de sus retratos, es un estudio sutil pero crítico de cada universo íntimo.

Los retratos de la princesa Olga Orlova (1911), el de Diaghilev (1909) o el impresionante y bellísimo retrato de Máximo Gorki (1905), son sus obras más logradas. En todos ellos habita la luz del impresionismo mezclada con la luz de una melodía interna equilibradas en una dinámica naturalista y sosegada como en la obra de Manet. No obstante Serov nunca deja de insinuar el hálito teatral que caracteriza al singular espíritu ruso. Es por eso que a Serov le gustaba elegir como modelo de sus obras a otros creadores, escritores, poetas, músicos o personalidades de la escena teatral. Estos retratos se descubren siempre con la mirada al público. Son miradas que persiguen su silencio en el silencio de sus contempladores. El retrato de Diaghilev o de la princesa Olga Orlova parecen mirarnos para capturar parte de nuestras vidas.

Serov tenía una casa que estaba ubicada en un pintoresco lugar de los alrededores de Moscú.

Allí se montaban espectáculos de amateurs en los que cabían todas las expresiones artísticas.

En este ámbito intervino varias veces Stanislavski y en algunas ocasiones actuó el propio Serov dirigido por el gran innovador del teatro moderno.

La obra de Valentín Serov hoy parece mirarnos como una galería fantasmal de una época que pasó del esplendor de los zares a la realidad de un reciente pasado lleno de cambios, dolor y miseria. Pienso en el museo Hermitage donde se filmó “El arca rusa”, la extraña e increíble película de Alexander Sokurov donde se condensan 300 años de la historia rusa en una sola toma sin cortes.

Noventa minutos sin parpadeo donde fluye un universo interminable de personajes que parecen no haberse dado cuenta de que están muertos. “Ellos están condenados a la eternidad”, dice una voz sobre el final del film. Condenados a la eternidad como la joven de los duraznos que nos mira desde la fugacidad de un instante detenido para siempre en la eternidad de un sueño.

VÍCTOR DABOVE.

 

 

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